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Educación religiosa: formar para convivir

Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José

Hay una contradicción que merece hacernos pensar: nos preocupa perder los valores que han sostenido nuestra convivencia, pero a veces restamos importancia a los espacios donde esos mismos valores pueden comprenderse, cultivarse y convertirse en compromisos. Reclamamos respeto, honestidad, solidaridad y responsabilidad; lamentamos la violencia y la indiferencia. Sin embargo, necesitamos preguntarnos cómo estamos formando a las nuevas generaciones para construir la sociedad que anhelamos.
En esta reflexión, la educación religiosa tiene una contribución que ofrecer. Su propósito educativo no se agota en transmitir conocimientos sobre creencias, tradiciones o prácticas religiosas. También permite responder las preguntas fundamentales de la existencia: quiénes somos, qué sentido tiene nuestra vida, por qué merece respeto cada persona y qué responsabilidades tenemos frente a los demás.
Desde nuestra fe cristiana, afirmamos que esta educación se apoya en una comprensión del ser humano como persona dotada de dignidad, libertad y capacidad de amar, abierta a la trascendencia y llamada a vivir en comunidad. Reconocemos que esta visión antropológica no es compartida por todos. Precisamente por ello, su presencia educativa exige respeto a la libertad de conciencia y apertura al diálogo.
Proponer esta perspectiva significa ofrecer razones para pensar y criterios para actuar. La educación religiosa debe invitar a preguntar, discernir y comprender; ayudar a que cada estudiante comprenda y asuma la responsabilidad de sus decisiones. La fe pierde autenticidad cuando se impone, y la enseñanza pierde profundidad cuando exige repetir respuestas sin permitir preguntas.
Tampoco podemos considerar esta “materia” un simple complemento de la formación académica, como si primero preparáramos profesionales y después, de manera accesoria, nos ocupáramos de las personas. Toda educación implica una idea de humanidad y de convivencia. El conocimiento necesita orientación ética y espiritual.
La educación religiosa puede contribuir a unir esas dimensiones, cuando enseña a reconocer al prójimo, impulsa el respeto por quien es o piensa diferente. Cuando reflexiona sobre la justicia, cuestiona la exclusión. Cuando habla del perdón, abre caminos para resolver conflictos. Cuando propone el cuidado de la creación, invita a asumir responsabilidades concretas con nuestra casa común.
Muchos valores que reconocemos como parte de nuestra identidad colectiva han encontrado alimento en la experiencia de fe de nuestras familias y comunidades. Reconocer esta herencia no significa atribuir a los creyentes el monopolio de la bondad. Personas de distintas convicciones contribuyen al bien común. Significa valorar una fuente de sentido que puede seguir enriqueciendo nuestra convivencia.
Educar es acompañar el crecimiento de personas capaces de vivir con otros. En esa tarea, la educación religiosa ofrece la gran posibilidad de cultivar principios y valores desde una reflexión profunda sobre la existencia. Nuestra sociedad necesita conocimientos y competencias, pero, necesita, igualmente, conciencias bien formadas, con esperanza y razones para ser constructores de una sociedad cada vez más fraterna y humana.

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