Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
Los últimos domingos del Año Litúrgico, de forma pedagógica, la Palabra de Dios nos ayuda a meditar en un elemento esencial de nuestra fe: del mismo modo que finalizan los años así finalizará este mundo cuando, en el Juicio Final, el Señor, venga con gloria para juzgar a vivos y muertos, como lo afirmamos en la Profesión de Fe y así finalizará nuestra propia vida, cuando el día de nuestra muerte experimentemos el juicio personal.
Ante la verdad de la segunda venida del Señor y ante la verdad de nuestra muerte, la Palabra de Dios nos indica que debemos estar preparados, porque no sabemos ni el día ni la hora. El cristiano debe vivir expectante ante la llegada del Señor y prepararse cotidianamente para el encuentro con Él, sea en el juicio personal (la muerte) sea en el juicio universal (la segunda venida de Cristo).
Pero, para el cristiano, la espera de ese momento culminante, no debe generar temor o angustia. Este domingo, la liturgia de la Palabra nos llena de esperanza ante la misericordia de Dios que amorosamente sale al encuentro de toda la humanidad.
Así lo afirma la primera lectura al indicar que la Sabiduría es como una mujer que sale al encuentro de quien la busca, que libera de preocupaciones a quien espera en ella y que muestra a sus creyentes su benevolencia y los guía en sus proyectos.
Las características de la Sabiduría, descritas en la Primera Lectura las vemos perfectamente presentes en la persona de Cristo. Él, Sabiduría del Padre, es quien ha revelado la bondad y la misericordia de Dios, es aquel que ha salido al encuentro de la humanidad al poner su tienda entre nosotros y es quien nos libra de toda angustia y preocupación porque con su Cruz y su Resurrección ha vencido el pecado y la muerte y nos ha asegurado una vida junto a Él, compartiendo su misma gloria.
Así lo ha dejado claro San Pablo en la segunda lectura, cuando nos asegura que no debemos estar tristes por la suerte de los difuntos, porque Cristo con su resurrección ha hecho posible que los muertos sean llevados con Él y que todos, un día, participaremos de esa misma vida.
El texto de San Pablo concluye animando a estar consolados, porque el cristiano debe estar seguro de la vida perfectamente feliz y llena de gloria que se les ha regalado a los hermanos que han muerto.
Esta vida, Jesús la ha comparado, en varias parábolas, con banquetes de fiesta o con celebraciones de boda.
Por eso, las diez vírgenes de la parábola del Evangelio, que esperan al esposo y esperan participar del banquete de bodas, son signo de la humanidad que espera el momento de participar de la gloria del cielo.
La parábola alaba la previsión de cinco de ellas, porque durante esa espera tienen aceite de repuesto en sus lámparas, es decir son conscientes de la necesidad de estar preparadas, ese aceite, nos enseñaba el papa Benedicto XVI es:
Por tanto, la palabra nos exhorta a esperar con auténtica esperanza cristiana, es decir a vivir nuestro peregrinar como cristianos, con la convicción de que la meta es el encuentro con el Señor y que el anhelo del corazón debe ser vivir eternamente con Él.
Esta esperanza nos debe hacer vivir con tal ahínco evangélico y con tal alegría en el corazón que nuestro peregrinar será una constante predicación y un constante testimonio de amor y de fe, concretado, principalmente, en tres acciones:
· Que nunca sea el temor, sino la esperanza en la verdad de la resurrección lo que anime nuestra vigilancia y nuestra preparación al encuentro con el Señor.
· Que trabajemos en la construcción del Reino, convencidos de que ese Reino se vivirá en plenitud en el Cielo, pero que debe experimentarse ya desde nuestro peregrinar por este mundo.
· Que animemos con alegría cristiana y con solidaridad a todos aquellos que están pasando dificultades y han perdido la esperanza en medio de situaciones dolorosas.
Que la grandeza de la meta que nos espera, la convicción de que contemplaremos el rostro de Dios y la esperanza de que participaremos de su gloria, animen nuestro peregrinar por este mundo y nos ayuden en nuestra preparación al encuentro definitivo con Cristo.




