Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
Hay palabras que terminan identificando a los pueblos. Si existe una que durante muchas décadas ha acompañado el nombre de Costa Rica, dentro y fuera de nuestras fronteras, esa palabra es paz. No es casualidad.
La paz forma parte de nuestra manera de comprendernos como nación. Está presente en nuestra historia, en nuestras instituciones, en nuestra vocación democrática y hasta en los símbolos con los cuales expresamos nuestro amor a la patria. Nuestro Himno Nacional termina con una aspiración que generaciones enteras de costarricenses hemos cantado: «¡Vivan siempre el Trabajo y la Paz!».
Y, sin embargo, hoy debemos hacernos una pregunta dolorosa: ¿Dónde está nuestra paz? No pretendo afirmar que Costa Rica haya dejado de ser un pueblo amante de la paz. Me niego a creerlo. Pero tampoco podemos cerrar los ojos ante una realidad que golpea cada vez con mayor crudeza nuestras puertas.
La paz se ha perdido en muchas familias. Se ha perdido en hogares donde la agresión, el miedo, el abandono o la violencia han sustituido el diálogo y el afecto. Se ha perdido en algunos de nuestros barrios, donde familias honestas comienzan a encerrarse temprano porque sienten temor. Se ha perdido en comunidades en las que el narcotráfico y la criminalidad disputan espacios que deberían pertenecer a nuestros niños y jóvenes.
Se pierde cada vez que alguien considera que una diferencia debe resolverse mediante una amenaza, un golpe o un arma. También se pierde cuando la agresividad se apodera de nuestras palabras, cuando dejamos de escucharnos y cuando aquel que piensa diferente deja de ser un conciudadano para convertirse en enemigo.
Y quizá este sea uno de nuestros mayores peligros: acostumbrarnos a vivir sin paz. Como tantos costarricenses, me niego a pensar que la violencia sea el destino de Costa Rica. Me niego a aceptar que tengamos que acostumbrarnos a contar muertos.
Me niego a aceptar que una madre deba sentir miedo cuando su hijo sale de casa. Me niego a aceptar que nuestras comunidades puedan ser arrebatadas por quienes comercian con la muerte. Pero negarnos a aceptar esta realidad no significa ignorarla. Significa precisamente lo contrario: decidirnos a transformarla. La paz necesita justicia, oportunidades, educación, familias capaces de acompañar, comunidades organizadas, instituciones confiables y ciudadanos comprometidos con el bien común.
Hace pocos meses, los obispos de Costa Rica dirigimos una Carta Pastoral a nuestro pueblo precisa mente ante la realidad de violencia que estamos experimentando. La titulamos con las primeras palabras del Resucitado a sus discípulos: “La paz esté con ustedes".
Allí afirmamos: «El recorrido por la historia bíblica nos lleva a decir que la paz tiene dos características: es un don y una tarea. Proviene de Dios, pero también le corresponde al ser humano pedir, transmitir y custodiar ese don». Esta convicción cristiana impide que nos quedemos esperando que Dios haga aquello que también nos corresponde. Hoy pedimos la paz porque sabemos que es don suyo. Pero construimos la paz, abriéndole nuestra vida y permitiendo que Él actúe en nuestro corazón.
Por eso quiero poner nuestra Patria en las manos de Jesucristo, Rey de Paz. Señor Jesús, mira a Costa Rica. Entra en nuestros hogares y devuelve la paz allí donde la violencia los ha herido. Camina por nuestros barrios y comunidades. Protege a nuestros niños y jóvenes. Consuela a las familias que lloran víctimas de la violencia. Convierte el corazón de quienes han escogido el camino de la muerte. Ilumina a quienes tienen responsabilidades públicas. Haznos capaces de escucharnos nuevamente, de reconocernos como hermanos y de trabajar juntos por esta tierra que amamos. Y haz de cada uno de nosotros un artesano de tu paz.




