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Nuestro amor y nuestra cercanía

Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José

Cada 15 de agosto, Costa Rica se detiene, con especial cariño, para celebrar a nuestras madres. Y en esta fecha tan entrañable, la Iglesia nos invita también a contemplar a María, en la Solemnidad de la Asunción ofreciéndonos una hermosa oportunidad para mirar a María y, en ella, reconocer la dignidad y la grandeza de tantas mujeres y madres de nuestro país. Ella que llevó en su seno, acompañó y amó a Jesús hasta el final.
Y este año quisiera hacerles una pregunta muy sencilla: ¿cuál es el mejor regalo que podemos hacerle a mamá?
Quizá la respuesta podamos encontrarla en el propio Jesús y en aquello que quiso ofrecerle a María: su amor, su presencia, su cuidado y, sobre todo, una vida entregada por amor. Porque, al final, el mejor regalo que podemos hacerle a mamá no siempre cabe en nuestras manos. A veces es simplemente hacerle sentir que su amor ha dado fruto en nuestra vida.
En el Evangelio de san Lucas se nos presenta a María después de recibir el anuncio del ángel. María se pone en camino y va a visitar a su prima Isabel. No permanece encerrada en su propia situación. Va al encuentro de otra mujer que también necesita compañía. María lleva consigo a Jesús, pero lleva también con su presencia, su ternura y su servicio.
María es la mujer a quien el Evangelio, en boca de Isabel, proclama dichosa: «Bendita tú entre las mujeres». En ella reconocemos a la mujer que recibió la vida, la acogió en su seno, la acompañó con ternura y la entregó al mundo.
Pero, de alguna manera, esa dicha de María se prolonga en cada madre que ha experimentado el misterio de recibir una vida, de cuidarla, de verla crecer y de aprender, muchas veces con sacrificio y en silencio, que amar también significa entregarse.
Por eso, cuando hoy llamamos dichosa a María, también queremos llamar dichosas a nuestras madres. Dichosas no porque su camino haya sido siempre fácil, sino porque en su amor han participado de uno de los gestos más grandes que puede realizar un ser humano: dar vida, acompañarla y hacer de ella un don para el mundo.
Hoy quisiera que esas palabras pudieran dirigirse también a cada madre costarricense. A las madres que se levantan muy temprano y son las últimas en acostarse. A las que deben salir todos los días a trabajar y, mientras cumplen con sus responsabilidades laborales, llevan en el corazón la preocupación por sus hijos: si comieron: si llegaron bien a la escuela, si están seguros, si hicieron las tareas, si tienen lo necesario.
Pienso especialmente en tantas madres que sacan adelante solas a sus hijos. Mujeres que deben asumir responsabilidades económicas, educativas y afectivas, muchas veces sin contar con el apoyo que necesitarían.
Y ese reconocimiento no puede quedarse solamente en nuestras palabras. Una madre merece ser respetada. Merece ser escuchada. Merece ser valorada. Merece ser cuidada. Por eso, qué regalo necesita realmente nuestra madre. Tal vez necesite que la llamemos. Tal vez necesite que vayamos a verla. Tal vez necesite que la escuchemos sin mirar el teléfono. Tal vez necesite que le demos las gracias. Tal vez necesite que reconozcamos cuánto ha hecho por nosotros, o simplemente, estar presentes.
Y quizá, para algunas madres, el mejor regalo sea algo todavía más sencillo: que sus hijos estén presentes. Porque el amor no se demuestra únicamente con regalos. El amor se demuestra con presencia.
Que la Virgen María, la mujer del “sí”, la mujer que se puso en camino para servir, la Madre que permaneció junto a su Hijo hasta la cruz y que hoy contemplamos glorificada en el cielo, acompañe a todas nuestras madres. Y que nosotros, sus hijos, aprendamos a darles el regalo que más vale: nuestra cercanía, nuestro respeto, nuestra gratitud y, sobre todo, nuestro amor.
 ¡Feliz Día de la Madre!

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