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La fuerza de la cercanía

Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José

Hay debates contemporáneos que, en su legítimo esfuerzo por superar discriminaciones y estereotipos, han comenzado también a cuestionar o a diluir algunas diferencias que hemos reconocido entre el hombre y la mujer. Y quizá sea necesario detenernos un momento.
Porque reconocer que hombres y mujeres tienen la misma dignidad, los mismos derechos y una igual capacidad para participar en la vida social no significa, necesariamente, negar que existan rasgos, sensibilidades y maneras de relacionarse con los demás que aparecen con particular fuerza en cada uno. Las diferencias entre ambos son una riqueza.
Y hay una que merece ser reivindicada sin complejos: la ternura femenina.
No estoy hablando de una etiqueta o un prejuicio. Tampoco de afirmar que toda mujer tenga que ser tierna, maternal o cuidadora, ni de negar que los hombres puedan ser profundamente tiernos. Hablo de reconocer una realidad humana que, en innumerables mujeres, se manifiesta de una manera particularmente profunda: la capacidad de acoger, cuidar, acompañar, consolar, proteger y permanecer cerca del otro, especialmente cuando ese otro es vulnerable.
Y esto no es difícil de encontrar en el Evangelio. Si miramos atentamente la vida de Jesús, descubrimos mujeres ocupando un lugar extraordinariamente significativo.
Está María, nuestra madre, desde el comienzo, aparece como la mujer que acoge la vida. Guarda acontecimientos en su corazón. Se adelanta a la necesidad de los demás en Caná. Y, sobre todo, permanece fiel junto a la cruz. Mientras el dolor hace que muchos se alejen, María está allí. Y esa permanencia dice mucho de la ternura: la ternura no siempre consiste en solucionar el sufrimiento del otro; muchas veces consiste simplemente en no abandonarlo.
Encontramos a las mujeres que acompañan a Jesús durante su ministerio y que permanecen cerca de Él hasta el momento de la cruz. Encontramos a aquella mujer que derrama perfume sobre Jesús, expresando mediante un gesto de amor aquello que las palabras quizá no podían expresar.
Y encontramos, de manera especial, a María Magdalena. Ella está allí cuando parece que todo ha terminado. Llora. Busca. Permanece. Y precisamente a ella el Resucitado se manifiesta.
No es un detalle menor que sean mujeres quienes aparecen tan cerca de algunos de los momentos más decisivos de la historia de la salvación.
El Evangelio parece decirnos algo que nuestra época quizá necesita volver a escuchar: la sensibilidad no es debilidad; el cuidado no es inferioridad; la ternura no es falta de fortaleza.
La mujer puede ser fuerte sin dejar de ser tierna. Puede ejercer autoridad sin perder la capacidad de cuidar. Puede participar en la política, en la ciencia, en la universidad, en la empresa, en la Iglesia y en todos los ámbitos de la sociedad sin tener que asumir como condición para ser respetada gestos de dureza.
Quizá hemos cometido un error cuando, para liberar a la mujer de antiguos estereotipos, terminamos sospechando también de aquellas cualidades que han sido una expresión preciosa de su humanidad.
Por eso necesitamos recuperar la ternura. Y quizá necesitamos mirar nuevamente a tantas mujeres que, desde el Evangelio hasta nuestros días, nos han enseñado que se puede tocar la fragilidad humana sin humillarla; se puede acompañar el dolor sin apropiarse de él; se puede ser fuerte sin prepotencia.

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