Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
Durante el mes de septiembre, somos invitados de especial manera a acercarnos a la Sagrada Escritura, en nuestro diario vivir. Podría parecer extraño dedicar un mes a la Biblia cuando la Palabra de Dios ocupa un lugar central durante todo el año en la vida cristiana. La escuchamos en cada Eucaristía, alimenta la oración de la Iglesia y acompaña los distintos momentos de nuestra vida de fe. Sin embargo, precisamente porque está siempre presente, existe también el riesgo de acostumbrarnos a oírla sin permitir que realmente su mensaje como fuerza transformadora llegue a la profundidad de nuestro ser.
Dedicar este tiempo específico a la Biblia, tiene sentido si lo entendemos como una oportunidad para volver a abrirla, no solamente como libro, sino como Palabra que interpela la existencia. La Biblia no fue escrita para permanecer cerrada en una biblioteca, adornar una mesa o ser utilizada únicamente durante las celebraciones religiosas. Fue confiada a la comunidad creyente para ser leída, escuchada, meditada y, sobre todo, vivida.
San Jerónimo, cuya memoria celebra la Iglesia el 30 de septiembre, afirmaba que «ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo». No podemos decir que conocemos profundamente a Jesús si desconocemos el Evangelio: sus palabras, sus gestos, su manera de acercarse a los pobres, de perdonar, de denunciar la hipocresía y de anunciar la misericordia de Dios.
En la vida personal, la Palabra es encuentro y discernimiento. No se trata de leer muchas páginas ni de acumular conocimientos bíblicos. A veces bastan unos pocos versículos, leídos despacio, para hacernos una pregunta que llevamos tiempo evitando. La Palabra ilumina decisiones, confronta actitudes, acompaña nuestras heridas y alimenta la esperanza. Leer la Biblia supone también aceptar que Dios no siempre nos dice aquello que queremos escuchar.
En la vida familiar, la Palabra puede convertirse en espacio de encuentro. Una familia, luego de haber participado en la Eucaristía, puede leer junta el Evangelio de ese domingo, compartir una frase que le haya llamado la atención o acudir a un salmo en momentos de dolor o incertidumbre. En una época en que las pantallas, las prisas y las obligaciones pueden aislarnos incluso viviendo bajo el mismo techo, escuchar juntos la Palabra ayudará a hablar de lo verdaderamente importante: nuestros temores, esperanzas, conflictos, proyectos y nuestra manera de relacionarnos con los demás.
Finalmente, la Palabra de Dios nos recuerda que la fe nunca puede encerrarnos en nosotros mismos. La Escritura nos empuja hacia el otro, particularmente hacia quien sufre. Una comunidad que escucha verdaderamente el Evangelio debe preguntarse qué está haciendo frente a la pobreza, la violencia, la soledad, la exclusión y las heridas de su entorno. La Palabra no construye comunidades encerradas, sino comunidades capaces de escuchar, acoger, servir y transformar.
Celebrar el mes de la Biblia, entonces, no consiste simplemente en hablar más sobre ella. El verdadero desafío es mucho más sencillo y exigente: abrirla, escucharla y permitir que transforme nuestra vida personal, nuestras familias y nuestras comunidades. Porque la Palabra de Dios no fue pronunciada solamente para ser escuchada: fue pronunciada para hacerse vida.
Es importante no olvidar que, para el crecimiento espiritual, hemos de leer la Sagrada Escritura en comunión con la enseñanza de la Iglesia:
Les invito a que nos dejemos impactar por esta Palabra que nos llega directamente del mismo Señor, es Palabra de vida eterna.




