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Cultura del encuentro

osta Rica atraviesa una etapa particular, a la que se debe responder. Vivimos una crecientepolarización, una confrontación permanente que ha ido debilitando el diálogo, una división quealcanza incluso a las comunidades y a las familias, y una preocupante facilidad para descalificar aquien piensa diferente.No se trata únicamente de diferencias políticas; detrás de esta fractura hay causas más profundas:el cansancio y la frustración acumulados ante problemas que durante años no encuentranrespuestas suficientes, la desconfianza creciente hacia las instituciones y los liderazgos actuales,la percepción de que algunos sectores no son escuchados y, también, el impacto de unas redessociales que premian la reacción inmediata, la indignación y el enfrentamiento.No se trata de idealizar el pasado. Nuestra historia ha tenido errores, exclusiones, injusticias yprofundas diferencias sociales. Pero también recibimos una herencia que vale la pena reconocery, sobre todo, cuidar: la convicción de que los problemas de la sociedad pueden resolversemediante el diálogo, las instituciones, la democracia y el respeto a la dignidad de cada persona.Durante generaciones aprendimos que ser costarricense significaba algo más que haber nacido eneste territorio. Significa también sentirnos parte de una historia común. Una historia construidacon esfuerzo, con educación, con trabajo, con participación ciudadana y con un profundo sentidode pertenencia a la patria.

Hoy necesitamos preguntarnos si estamos perdiendo esa capacidad de reconocernos comocompatriotas. La democracia no consiste únicamente en votar cada cierto tiempo. Tambiénsignifica aceptar que quien piensa distinto sigue siendo mi conciudadano, que la discrepancia noconvierte al otro en enemigo y que ninguna mayoría tiene derecho a despreciar a las minorías.Pero tampoco nadie puede pretender imponerse sobre los demás, bajo ningún pretexto: ni ennombre de una mayoría, ni de una ideología, ni de una posición política, ni de una supuestasuperioridad moral. En democracia, el poder tiene límites y la voluntad de unos encuentra sulímite en la dignidad, los derechos y la libertad de los otros. Gobernar, participar o tener mayoría no significa tener derecho a someter, silenciar o descalificar a quienes piensan diferente.

Asimismo, para millones de costarricenses, la fe cristiana ha formado parte de nuestra historia yde nuestra identidad. Pero la fe no debería utilizarse para levantar muros ni para justificar laagresión contra quien piensa diferente. Al contrario: una fe auténtica nos recuerda que todapersona posee una dignidad que no depende de sus ideas políticas, de su condición social ni desus aciertos o errores.Quizá Costa Rica necesita hoy una pausa. Necesita bajar el tono, recuperar la conversación yrecordar que ninguna batalla política puede ser más importante que el país que estamos dejando alas nuevas generaciones. No necesitamos pensar todos igual. Necesitamos volver a tratarnoscomo hermanos de una misma nación.Democracia, patriotismo, familia y fe no son nostalgias del pasado. Pueden convertirsenuevamente en caminos para encontrarnos. Costa Rica no necesita enemigos internos. Necesita ciudadanos capaces de disentir sin odiarse, de defender sus convicciones sin humillar al otro y de recordar que, antes que cualquier diferencia, compartimos una casa común.

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