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Todos llamados a ser santos

Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José

Todos estamos llamados a ser santos. No es una vocación reservada a unos pocos, sino la llamada que Jesús dirige a todos sus discípulos: «Sean perfectos, como es perfecto el Padre que está en el cielo» (Mt 5,48). El Concilio Vaticano II lo reafirma:

"Cada fiel, desde su propio camino y condición de vida, está llamado a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad".

Jesús pronuncia estas palabras después de enseñar a amar a los enemigos y orar por quienes nos persiguen. En ese contexto, ser perfectos como el Padre no significa vivir sin equivocaciones: significa dejar que su amor ensanche nuestro corazón y nos enseñe a amar incluso a quien no nos ama (Mt 5,43-48).
El Concilio dedica a esta enseñanza el capítulo V de Lumen gentium, «Universal vocación a la santidad en la Iglesia». La santidad es don de Cristo y del Espíritu, llamado a dar fruto en la vida de la Iglesia y en la vida de cada creyente (Lumen gentium, n. 39).
La frase conciliar: «cada uno por su camino» muestra que no existe una sola forma de vivir la santidad. Se cultiva en la vida familiar, el trabajo honesto, la enseñanza, el servicio público, el cuidado de los enfermos y las responsabilidades cotidianas. El Concilio habla de una misma santidad vivida en distintos géneros de vida y ocupaciones, y señala la caridad como su centro (cfr. Lumen gentium, nn. 41-42).
Esta llamada no es perfeccionismo. El Concilio reconoce que todos caemos y necesitamos la misericordia de Dios; por eso la santidad es también un camino de conversión. Pedir perdón, actuar con justicia, cumplir una promesa y acompañar a quien está solo, son gestos concretos en los que el amor de Dios puede hacerse visible.
Es hermoso pensar que

«Los santos que ya han llegado a la presencia de Dios mantienen con nosotros lazos de amor y comunión. Lo atestigua el libro del Apocalipsis cuando habla de los mártires que interceden: «Vi debajo del altar las almas de los degollados por causa de la Palabra de Dios y del testimonio que mantenían. Y gritaban con voz potente: “¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, vas a estar sin hacer justicia?”» (6,9-10). Podemos decir que «estamos rodeados, guiados y conducidos por los amigos de Dios […] No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce»

El momento doloroso que nos está tocando vivir, donde casi todos los días escuchamos cómo muchos de nuestros jóvenes involucrados en situaciones de vida lejos del Señor, mueren o matan a alguien, nos lleva a considerar, como pueblo santo de Dios, cuánta necesidad hay que nuestros jóvenes afinen el oído para escuchar ese hermoso llamado a la santidad y, como María, abandonados en Dios, tengan la capacidad suficiente para responderle, hacer de sus vidas una ofrenda agradable a él. Que resuene en sus oídos que quien se entrega no pierde nada, lo gana todo, pues es Dios quien llena la totalidad de nuestra existencia.
Ante las incertidumbres, la soledad, la inseguridad, la falta de esperanza, las malas decisiones, la necesidad de ser aceptados y otras situaciones presentes en sus vidas, es Jesús, el joven por excelencia y el amigo que nunca falla quien les dice:

“Vengan a mí los que están cansados y agobiados y yo les aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón y encontrarán descanso para su vida”.

Hagamos resonar estas palabras en nosotros y en muchos de los hermanos que puedan estar viviendo momentos de dolor y dificultad, para tomar el verdadero sendero que conduce hacia la verdadera felicidad.
Benedicto XVI, en la solemnidad de todos los Santos en 2007 nos enseñó que la santidad es una llamada para todos nosotros, todos los que hemos sido bautizados tenemos que aspirar esa meta tan alta y tan hermosa, la comunión total con nuestro Señor. Cierra tus ojos, imagina por un momento poder repetir como San Pablo "ya no soy yo quien vive, sino Cristo vive en mi", abrazados a nuestro Señor, en perfecta unión con su voluntad aún en esta vida.
La invitación de Jesús sigue vigente. Pidámosle la gracia de responder en nuestro propio camino y de hacer visible, con nuestras obras, el amor del Padre.

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