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Obispo Auxiliar

Amar a Dios sobre todas las cosas

Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José

Seguimos escuchando lo que San Mateo en su evangelio presenta como la segunda gran predicación de Jesús, conocida como el discurso misionero o apostólico, en el cual Cristo al enviar a sus discípulos a anunciar el Reino, les indica cómo deben llevar adelante esta misión. 
El domingo anterior, Jesús ha manifestado que la misión, vivida en coherencia y radicalidad, puede conllevar persecución y sufrimiento. 
Siguiendo con esta lógica, este domingo, Jesús afirma que quien no toma la cruz, no es digno de ser discípulo, indicando así que la cruz debe ser parte de la vida de todo aquel que sea cristiano, porque es el modo de identificarse y hacerse uno con Él. 
Por tanto, este domingo, el discurso misionero de Cristo también nos recuerda la radicalidad evangélica que debe vivir el apóstol y por tanto todo aquel que por el bautismo y la confirmación asume en su vida el compromiso apostólico, así nos lo ha recordado el papa Francisco al comentar este pasaje evangélico y afirmar que "con el Bautismo todos recibimos el don y la misión de la profecía" (02.07.2023). 
Esa radicalidad implica dar a Dios el lugar que le corresponde y amarlo sobre todo y sobre todos.  Un llamado exigente, pero también un llamado realista:  sólo aquel que tiene a Dios como su todo dará fruto abundante. 
En un primer momento, el mensaje que Cristo ha dirigido a los apóstoles es el llamado a una vocación específica, porque implica dejarlo todo por Cristo, incluso a su familia más cercana.  Un llamado que sigue siendo actual en algunas vocaciones dentro de la Iglesia, especialmente en el campo de la misión, cuando se deja tierra, casa y familia para ir a anunciar el evangelio. 
Pero el llamado a la radicalidad en la vivencia de la fe, donde el Señor ocupe el primer lugar en nuestras vidas, es vocación de todo bautizado, porque esto es lo que nos permite caminar rumbo a la santidad. Porque amar a Dios sobre todo y sobre es lo que hará de nosotros cumplir nuestra vocación en el mundo siendo así mejores cristianos y mejores personas. 
Esto es así, porque el cristiano que verdaderamente pone a Dios en el primer lugar, escuchará su palabra y hará su voluntad, y por tanto llevará a buen término su vocación, sea en la vida consagrada, en la vida matrimonial y familiar, en la vida profesional, siendo un excelente conyugue, un excelente padre o madre de familia, un trabajador honesto, en síntesis, un excelente ser humano. 
Porque poner a Dios sobre todo y amar a Dios por encima de todos, no nos hace amar menos al hermano, al contrario, nos hace amarlo mejor, porque nos hace ver en cada uno de aquellos que son nuestro prójimo el mismo rostro de Cristo. 
Y esto nos permite comprender el otro llamado que Cristo nos hace en este mensaje misionero que nos presenta hoy el evangelio: La hospitalidad con el otro, con el prójimo, con el extraño. 
El profeta Eliseo nos muestra cómo Dios recompensa a quien es hospitalario con el forastero.  La lectura del segundo libro de los Reyes, relata que el profeta Eliseo era el enviado de Dios y aquellos esposos le brindaron hospitalidad al profeta, aun siendo un desconocido para ellos.  Esta acción se ve recompensada, porque a pesar de su esterilidad, Dios concede a esta pareja el regalo de procrear un hijo. 
Cristo, en el evangelio, habla de la hospitalidad con sus discípulos, con sus enviados.  Recibir a su enviado es recibirlo a él mismo y eso traerá recompensa.  Esa recompensa es la salvación dada por Cristo en la cruz, como nos lo recordaba San Pablo en la segunda lectura. 
 Recibir al extraño, viendo en ellos al enviado de Cristo, más aún, viendo en ellos al mismo Cristo. Es un llamado que se hace actual y urgente. ¿Cuántos «extraños» necesitan ser acogidos hoy? 
 En medio de la crisis socioeconómica, política, climática o debido a desastres naturales en tantas partes del mundo contemplamos a grupos de hermanos, que siendo más vulnerables, deben salir de su tierra y ser «extraños», ser «forasteros», necesitados de nuestra cercanía y compasión. 
El Señor, este domingo, nos vuelve a recordar que en el rostro de estos «extraños», «extranjeros», «migrantes», debemos ver el mismo rostro de Cristo. 
Por tanto, no puede existir en ninguno que se diga cristiano ni un ápice de xenofobia que haga excluir, rechazar, insultar o agredir a un hermano que está sufriendo, que es vulnerable, simplemente porque es «forastero». Eso no puede pasar precisamente porque en ellos nos encontramos no sólo a un hermano nuestro, sino que en ellos encontramos a Cristo mismo que nos visita y que espera que lo acojamos. 
El papa León XIV en su primera encíclica nos los recuerda:  «El modo en el cual una sociedad trata a los migrantes muestra si su idea de justicia está guiada por el miedo o por la fraternidad [...] los migrantes no son simplemente un problema a resolver, sino «una imagen viva del Pueblo de Dios en camino»; personas con dignidad, recursos y sueños, que tienen derecho a ser tratadas con respeto y piden la oportunidad de poder formar parte activa de las sociedades que las reciben» (MH 81).

Dios nos dé la gracia a todos nosotros, cristianos, de vivir radicalmente nuestro seguimiento de Cristo, poniendo a Dios en primer lugar en nuestras vidas, siendo compasivos con el hermano que está sufriendo y viendo en cada rostro, no el rostro de un extraño, sino el mismo rostro de Jesús que nos dice "fui forastero y me hospedaste" (Mt. 25, 43.).