Seguimos escuchando lo que San
Mateo en su evangelio presenta como la segunda gran predicación de Jesús,
conocida como el discurso misionero o apostólico, en el cual Cristo al enviar a
sus discípulos a anunciar el Reino, les indica cómo deben llevar adelante esta
misión.
El domingo anterior, Jesús ha
manifestado que la misión, vivida en coherencia y radicalidad, puede conllevar
persecución y sufrimiento.
Siguiendo con esta lógica, este
domingo, Jesús afirma que quien no toma la cruz, no es digno de ser discípulo,
indicando así que la cruz debe ser parte de la vida de todo aquel que sea cristiano,
porque es el modo de identificarse y hacerse uno con Él.
Por tanto, este domingo, el
discurso misionero de Cristo también nos recuerda la radicalidad evangélica que
debe vivir el apóstol y por tanto todo aquel que por el bautismo y la
confirmación asume en su vida el compromiso apostólico, así nos lo ha recordado
el papa Francisco al comentar este pasaje evangélico y afirmar que "con el
Bautismo todos recibimos el don y la misión de la profecía" (02.07.2023).
Esa radicalidad implica dar a
Dios el lugar que le corresponde y amarlo sobre todo y sobre todos. Un llamado exigente, pero también un llamado
realista: sólo aquel que tiene a Dios
como su todo dará fruto abundante.
En un primer momento, el mensaje
que Cristo ha dirigido a los apóstoles es el llamado a una vocación específica,
porque implica dejarlo todo por Cristo, incluso a su familia más cercana. Un llamado que sigue siendo actual en algunas
vocaciones dentro de la Iglesia, especialmente en el campo de la misión, cuando
se deja tierra, casa y familia para ir a anunciar el evangelio.
Pero el llamado a la radicalidad
en la vivencia de la fe, donde el Señor ocupe el primer lugar en nuestras
vidas, es vocación de todo bautizado, porque esto es lo que nos permite caminar
rumbo a la santidad. Porque amar a Dios
sobre todo y sobre es lo que hará de nosotros cumplir nuestra vocación en el
mundo siendo así mejores cristianos y mejores personas.
Esto es así, porque el cristiano que
verdaderamente pone a Dios en el primer lugar, escuchará su palabra y hará su
voluntad, y por tanto llevará a buen término su vocación, sea en la vida
consagrada, en la vida matrimonial y familiar, en la vida profesional, siendo
un excelente conyugue, un excelente padre o madre de familia, un trabajador
honesto, en síntesis, un excelente ser humano.
Porque poner a Dios sobre todo y amar
a Dios por encima de todos, no nos hace amar menos al hermano, al contrario,
nos hace amarlo mejor, porque nos hace ver en cada uno de aquellos que son
nuestro prójimo el mismo rostro de Cristo.
Y esto nos permite comprender el
otro llamado que Cristo nos hace en este mensaje misionero que nos presenta hoy
el evangelio: La hospitalidad con el
otro, con el prójimo, con el extraño.
El profeta Eliseo nos muestra cómo
Dios recompensa a quien es hospitalario con el forastero. La lectura del segundo libro de los Reyes,
relata que el profeta Eliseo era el enviado de Dios y aquellos esposos le brindaron
hospitalidad al profeta, aun siendo un desconocido para ellos. Esta acción se ve recompensada, porque a
pesar de su esterilidad, Dios concede a esta pareja el regalo de procrear un
hijo.
Cristo, en el evangelio, habla de
la hospitalidad con sus discípulos, con sus enviados. Recibir a su enviado es recibirlo a él mismo
y eso traerá recompensa. Esa recompensa
es la salvación dada por Cristo en la cruz, como nos lo recordaba San Pablo en
la segunda lectura.
Recibir al extraño, viendo en
ellos al enviado de Cristo, más aún, viendo en ellos al mismo Cristo. Es un llamado que se hace actual y
urgente. ¿Cuántos «extraños» necesitan
ser acogidos hoy?
En medio de la crisis socioeconómica,
política, climática o debido a desastres naturales en tantas partes del mundo contemplamos
a grupos de hermanos, que siendo más vulnerables, deben salir de su tierra y
ser «extraños», ser «forasteros», necesitados de nuestra cercanía y compasión.
El Señor, este domingo, nos
vuelve a recordar que en el rostro de estos «extraños», «extranjeros»,
«migrantes», debemos ver el mismo rostro de Cristo.
Por tanto, no puede existir en
ninguno que se diga cristiano ni un ápice de xenofobia que haga excluir,
rechazar, insultar o agredir a un hermano que está sufriendo, que es vulnerable,
simplemente porque es «forastero». Eso
no puede pasar precisamente porque en ellos nos encontramos no sólo a un
hermano nuestro, sino que en ellos encontramos a Cristo mismo que nos visita y
que espera que lo acojamos.
El papa León XIV en su primera
encíclica nos los recuerda: «El modo en
el cual una sociedad trata a los migrantes muestra si su idea de justicia está
guiada por el miedo o por la fraternidad [...] los migrantes no son simplemente
un problema a resolver, sino «una imagen viva del Pueblo de Dios en camino»; personas
con dignidad, recursos y sueños, que tienen derecho a ser tratadas con respeto
y piden la oportunidad de poder formar parte activa de las sociedades que las
reciben» (MH 81).
Dios nos dé la gracia a todos
nosotros, cristianos, de vivir radicalmente nuestro seguimiento de Cristo,
poniendo a Dios en primer lugar en nuestras vidas, siendo compasivos con el
hermano que está sufriendo y viendo en cada rostro, no el rostro de un extraño,
sino el mismo rostro de Jesús que nos dice "fui
forastero y me hospedaste" (Mt. 25, 43.).