El domingo anterior empezamos a escuchar la segunda gran
predicación de Jesús que nos presenta el evangelio de San Mateo. Esta predicación es conocida como el "discurso
misionero o apostólico" y daba inicio con el envío de los apóstoles a
misionar a quienes Jesús les da la potestad a anunciar el Reino, con los gestos
mismos que Él ha realizado (curando enfermos, expulsando demonios) pero también
con sus mismas palabras... palabras que provocaron molestia, persecución e
incluso la muerte de Jesús.
Por esta razón, la lectura del evangelio que se proclama
este domingo presenta a Jesús indicando que aquellos que han sido enviados a
misionar pueden sufrir momentos de persecución, es decir, el Señor advierte que
aquellos que han sido enviados padecerán lo mismo que Él. Pero también el Señor insiste, lo dice en tres
ocasiones, no tengan miedo, Él siempre estará al lado de aquellos que ha
enviado.
La experiencia de persecución por el cumplimiento de la
misión la ha experimentado, ya en el Antiguo Testamento el profeta Jeremías,
como escuchamos en la primera lectura. El
mensaje de Dios anunciado en boca de Jeremías molestó a los poderosos de su
tiempo. Pero el mismo profeta también
manifiesta cómo ha experimentado la cercanía de Dios, del Señor Todopoderoso
que está a su lado, que lo salva y que lo libra de los malvados.
Esto que ha narrado Jeremías es la promesa hecha por Cristo
a sus apóstoles. No debe haber ningún
temor, porque en medio de las dificultades que ocasiona el anunciar el Reino,
la promesa de Cristo es que el Padre del cielo los cuidará como cuida a todas
sus creaturas e incluso mucho más, porque además promete que serán reconocidos
por el Padre del Cielo en la Eternidad.
La experiencia de incomprensión y de persecución es algo
que ha vivido la Iglesia a través de los siglos. El mensaje del Reino y la vivencia de los
valores el Reino ha sido siempre motivo de incomprensión y de persecución.
Han existido motivos para odiar, perseguir e incluso matar
a aquellos que anuncian la palabra de Cristo, que anuncian y viven los valores
del Reino. Desde tiempos apostólicos,
con la persecución en Jerusalén luego del martirio de Esteban, luego las
persecuciones del Imperio Romano y a lo largo de la historia hasta el día de
hoy, cuando sigue habiendo persecución en algunos países, por el sólo hecho de
ser cristianos, porque la Palabra de Dios, cuando se vive y se anuncia con
coherencia, siempre incomodará a alguno, siempre ocasionará algún malestar y
siempre significará ir contracorriente.
Por esto, la palabra de este domingo sigue siendo actual
para todos nosotros, la enseñanza que nos trae esta palabra y la puesta en
práctica de la misma no ha variado mucho en estos dos mil años y podríamos
resumirla en tres puntos:
Primero, Cristo sigue enviando a sus
discípulos para que anuncien con sus mismas palabras y sus mismas acciones. Hoy estos discípulos somos todos los
bautizados que debemos ser cercanos al enfermo, al excluido, al vulnerable y debemos
ser presencia de la misericordia de Dios entre aquellos con quienes nos
encontremos, porque estos son los valores del Reino.
En segundo lugar, este mensaje, actualmente
sigue siendo incómodo para algunos, sigue significando para el cristiano ir
contracorriente, incluso en lugares donde no hay propiamente persecución en
contra de los cristianos, porque cuando en la vida diaria, en la cotidianidad
de la vida familiar, laboral o académica, la vivencia de la fe es coherente y
radical, sigue ocasionando asombro o incluso molestia en algunos.
Por último, el Señor nos sigue
enviando con el mismo llamado: No tener
miedo, confiar sólo en Él, para anunciarlo sólo a Él y su mensaje de conversión
y de salvación. Cuando la confianza la
ponemos en nuestras propias capacidades, dejamos de anunciarlo a Él y nos
anunciamos a nosotros mismos. En esos
casos el mensaje deja de ser el mensaje del Reino, el mensaje pierde sentido y
por tanto también la persecución perdería todo sentido.
En conclusión, el llamado de la
Palabra de Dios en este domingo es vivir con coherencia la fe, ese será el
testimonio más claro y la mejor forma de anunciar a Cristo. Vivir con coherencia la fe y sin temor porque
Dios camina a nuestro lado y nos promete una recompensa, la recompensa del
Reino, que estamos llamados a construir desde ahora, pero que viviremos en
plenitud junto a Él en la eternidad.
Que esta palabra y la vida sacramental que alimenta nuestra
vida, nos fortalezcan a todos para vivir este compromiso que hoy la Palabra de
Dios nos ha recordado.