Inmerso en un país europeo de antigua y riquísima tradición católica, después de un largo viaje a cuatro países africanos, el Viaje apostólico de León XIV a Madrid, Barcelona, la abadía de Montserrat y las islas Canarias, en sus mismas palabras, lo sumergió en una realidad donde ha podido conocer los notables cambios sociales y culturales de esa nación y, al mismo tiempo, la emoción de ser acogido en todas partes con entusiasmo y apertura a la escucha.
El pueblo de Dios me ha confortado grandemente con la festiva manifestación de su fe y de su afecto. Por mi parte, he confirmado a los fieles y, como obispo de Roma, los he animado a superar cualquier forma de división y de contraposición, y a cultivar siempre la comunión, el diálogo, la unidad en la diversidad.
Una visita esperada. Me han dado la bienvenida con gran cariño, esperaban la visita del Papa, algo que para el Santo Padre no necesariamente se debe dar por sentado, sino más bien es motivo de reflexión. Para León XIV esa alegría y entusiasmo respondía a la fe del pueblo español, pero al mismo tiempo, a la necesidad generalizada de reencontrarse unidos sobre un fundamento verdadero y profundo, no ideológico ni de interés parcial. Ese fundamento que solo Cristo- recalcó, puede asegurar, y que el Evangelio puede transmitir a la vida de los pueblos, respondiendo a dos exigencias básicas: la búsqueda de la verdad y la sed de justicia.
Custodiar la riqueza inestimable de Europa. En sus visitas a Madrid y Barcelona, pasando por grandes catedrales o modernísimos estadios, rezando el Santo Rosario en Monserrat o la celebración en la Sagrada Familia, símbolo majestuoso, sinfonía de piedra y de luz, para el Pontífice eran un encuentro entre lo antiguo y lo moderno, entre la tradición católica y la cultura contemporánea, que lo llevó a percibir el carácter de Europa, su riqueza inestimable, así como su realidad actual.
Escuchar el Evangelio en la voz del Papa. Si bien, el Concilio Vaticano II ya había reconocido los desafíos por venir, a través de los pontificados hasta su propia encíclica Magnifica humanitas, el objetivo ha sido siempre la custodia de la persona humana, incluso ahora, en el tiempo de la inteligencia artificial. Una custodia que para León XIV se traduce en la escucha.
He percibido, a través de los diversos encuentros, la necesidad de escuchar en la voz del Papa el Evangelio de la esperanza para esta humanidad nuestra de hoy, muy afectada por las consecuencias negativas de un modelo de desarrollo engañoso.
Los testimonios y sus claves de interpretación. Una necesidad, que el Santo Padre, en este viaje apostólico sintió en cada encuentro, en los testimonios de jóvenes, de un niño, de víctimas de abusos, dos reclusas o de los migrantes. Estos últimos, protagonistas de la última parte de su itinerario en las islas Canarias, un archipiélago, centro de una realidad, de una Iglesia local que acoge a un gran número de migrantes forzados, procedentes sobre todo de África.
Sabemos que el fenómeno migratorio es complejo y que requiere planes de acción orgánicos y concertados. Pero esta clave de interpretación abre una perspectiva diversa y más amplia: nos hace entender que estamos llamados a releer el Evangelio en el mundo de hoy intercambiándonos los dones de nuestras respectivas culturas y, en especial, los frutos que produce en ellas la fecundidad del mensaje de Cristo.
Apreciar los valores del otro. Un mensaje, continuó explicando el Papa, cuyo uno de sus frutos es precisamente el diálogo entre las personas y entre los pueblos, el encuentro con espíritu de fraternidad, que permite descubrir y apreciar recíprocamente los valores de los que el otro es portador.
Este camino no es fácil; requiere buena voluntad y la ayuda de Dios, pero es el camino que conduce a la civilización del amor.
¡Alcemos la mirada! Aprendamos a mirar con los ojos de Dios. Al concluir su catequesis, el Santo Padre retomó el lema del Viaje Apostólico a España, Alzad la mirada, que son palabras que Jesús dirige a sus primeros discípulos para enseñarles a ver en las personas y en las multitudes el deseo de vida, de verdad, de plenitud.
Hoy quisiera compartir con ustedes esta invitación: ¡alcemos la mirada! Aprendamos de Jesús a mirar al prójimo, la gente, el mundo, con los ojos de Dios, es decir, con amor, respeto y compasión.
Se trata de un patrimonio que hay que custodiar con cuidado, para poder invertirlo en el hoy global con sus desafíos históricos: la paz, la ecología integral, el desarrollo equitativo y sostenible, el respeto a la dignidad humana.
Fuente: vaticannews.va