Retomamos los domingos del Tiempo
Ordinario, en los cuales se nos permite contemplar, a la luz de la Palabra de
Dios, la totalidad del misterio salvífico a través de las acciones que Cristo
realiza durante su ministerio público.
Estas acciones son, principalmente, la predicación del Reino, los signos
milagrosos y sus gestos de compasión y misericordia.
Durante el ciclo litúrgico que
estamos viviendo este año, hemos venido escuchando el evangelio de San Mateo y
en la primera parte del Tiempo Ordinario, antes de la Cuaresma, meditamos a la
luz de la predicación de Jesús, conocida como el Sermón de la Montaña, que nos
invitaba a vivir la plenitud de la ley que es el amor.
Al retomar este Tiempo Ordinario,
el evangelio de Mateo nos presenta el pasaje con el cual inicia otra gran
predicación de Jesús y que se conoce como el discurso misionero. Este
discurso inicia con el llamado de los doce apóstoles y su envío a anunciar el
Reino.
Este pasaje evangélico tiene
varios elementos importantes que debemos resaltar:
Primero, San Mateo evidencia cómo
Jesús observa a las gentes, ve sus cansancios y sus sufrimientos. Se da cuenta que aquellos que lo siguen, son "como ovejas que no tienen pastor" y se compadece de ellos.
Esta forma de actuar de Cristo
manifiesta el modo de actuar de Dios, porque, así como en el Éxodo YHWH trajo
hacia sí al pueblo elegido "sobre alas de
águila", cuidándolo, rescatándolo de la esclavitud y haciéndolo el pueblo de
su propiedad, reino de sacerdotes y nación santa, del mismo modo Cristo se
entregó por nosotros, para salvarnos a precio de sangre, mostrando su amor
perfecto, muriendo por nosotros pecadores siendo Él justo; ésta es la prueba más grande de que Dios nos
ama, como ha dicho San Pablo en la segunda lectura.
Y esto es así, porque el amor de
Dios se traduce en "compasión", Dios es
compasivo, es decir, padece-con nosotros, se pone en nuestro lugar, en nuestros
zapatos; indicaba el papa Francisco: "La
compasión no es un sentimiento de pena que nos hace decir pobrecito, sino que
es un involucrarse en el problema de los demás, es jugarse la vida allí, con el
hermano".
Este Dios compasivo, se ha
involucrado en nuestros problemas y se ha jugado la vida, es más, ha dado la
vida por cada uno de nosotros.
En segundo lugar, la Palabra indica
que Jesús constata que la multitud está "extenuada
y abandonada", y en ese momento ha querido involucrar al ser humano en la
atención al que sufre y por eso ha enviado a los doce. Y en este envío les otorga sus mismas
potestades, es decir, los envía a anunciar el Reino, que es la cercanía de este
Dios que es amor y los envía con el poder de curar enfermos, resucitar muertos,
limpiar leprosos y expulsar demonios. Dando gratis lo que han recibido gratis.
Por último, el abandono y el
cansancio del que es testigo Jesús al contemplar a la multitud sigue siendo hoy
el abandono y el cansancio de la humanidad que constantemente necesita de la
compasión de Dios, por esto, cada bautizado, debe recordar el compromiso
apostólico adquirido con el bautismo y con la confirmación.
Todos debemos sentirnos llamados
e involucrados en la misión de la Iglesia Apostólica de anunciar el Reino, de
llevar la cercanía de Dios, su compasión, su amor y su misericordia a tantos
hermanos que siguen estando como "ovejas
sin pastor".
Esto lo hacemos, porque nuestros
nombres se unen al elenco de los nombres de los apóstoles llamados hace dos mil
año por Jesús. También nosotros somos
llamados para colaborar en este trabajo de hacer presente, en el mundo de hoy,
al Dios compasivo y misericordioso.
El Señor nos llama, no porque
seamos perfectos, así nos lo recordaba el papa Benedicto XVI al afirmar que «es
útil tener presente que los doce Apóstoles no eran hombres perfectos, elegidos
por su vida moral y religiosa irreprensible. Ciertamente, eran creyentes,
llenos de entusiasmo y de celo, pero al mismo tiempo estaban marcados por sus
límites humanos, a veces incluso graves. Así pues, Jesús no los llamó por ser
ya santos, completos, perfectos, sino para que lo fueran, para que se
transformaran a fin de transformar así la historia. Lo mismo sucede con
nosotros y con todos los cristianos» (15.06.2008).
Debemos
tener la certeza de que el Espíritu Santo, que actuaba en los doce es el mismo
que actúa en cada uno de nosotros bautizados y confirmados y es el que nos
permite realizar, en la coyuntura actual, los signos del Reino de amor, de
justicia, de paz y de compasión en medio de los hermanos.