Continuamos celebrando las fiestas del Señor que la Liturgia nos propone al retormar el Tiempo Ordinario después de las fiestas pascuales.
Este domingo, en nuestro país, celebramos con gran alegría la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, fiesta que conocemos como Corpus Christi.
Esta fiesta surge en la historia como una necesidad de dar culto a la Eucaristía, y decir públicamente que los católicos profesamos que en las especies consagradas está presente Cristo, en su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Ya que había surgido una herejía que negaba la presencia real de Cristo en la Eucaristía, y de esto modo nace en el Siglo XIII la celebración de una procesión por las calles para manifestar y testimoniar la fe en Cristo presente realmente y sacramentalmente en las especies consagradas.
Por esto, hoy es un día que nos debe llevar, de la mano con las lecturas que se han proclamado, a renovar nuestra fe en Jesús Sacramentado y a testimoniar esta fe en la realidad actual.
Jesús en el discurso del Pan de Vida, de donde es tomado el texto del evangelio que hemos escuchado, hace referencia al «maná que comieron sus padres en el desierto» y la primera lectura del libro del Deuteronomio, presenta a Moisés recordando los cuarenta años del desierto, momentos de dolor, de sufrimiento, de soledad y de muerte. En este camino Dios sale al encuentro de su pueblo para mostrarles su misericordia sacando agua de la aridez de la roca y alimentándolos con el maná.
El maná, para el pueblo judío, es, por tanto, signo de la misericordia de Dios que los cuidó por el desierto y signo de la Alianza, porque ese pueblo al que Dios ha cuidado, es el pueblo que YHWH ha escogido como heredad.
San Juan presenta a Jesús afirmando que él es el «Pan que ha bajado del Cielo, no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron, sino que el que come de este pan vivirá para siempre».
Es decir, Jesús se presenta como un alimento superior al maná, su carne y su sangre, pan vivo bajado del cielo, alimenta al creyente para llevarlo, ya no por el desierto hasta la tierra prometida, sino para llavarnos, peregrinos en este mundo, hasta la eternidad del cielo.
El pan bajado del cielo, la carne verdadera comida y la sangre verdadera bebida que Jesús nos da como alimento, es el pan y el vino que por la acción sacramental se convierten en el cuerpo y la sangre del Señor. El cuerpo y la sangre que se entregaron cruelmente en la Cruz el Viernes Santo, pero que en cada Eucaristía, actualizándose de forma incruenta aquel sacrificio de la Cruz, se nos da para alimentarnos, fortalecernos y acompañarnos en el desierto de la vida y llevarnos a vivir la misma vida de Cristo con quien nos unimos íntimamente al comerlo sacramentalmente. Por eso la celebración eucarística y la comunión eucarística son anticipo de la vida gloriosa que el Señor nos ha prometido.
Además de esta verdad de fe tan hermosa que nos ha regalado el texto del Evangelio, San Pablo en la segunda lectura, tomada de la Carta a los Corintios, nos hace considerar otro elemento importantísimo que la Eucaristía regala a la comunidad de fe, esto es la comunión.
El pan y el vino consagrados nos unen a Cristo y nos unen entre nosotros. En medio de lo distintos que somos todos los bautizados, el Pan que es uno, porque Cristo es uno, se parte y se reparte entre nosotros para alimentarnos y para unificarnos. Nos une en medio de las diferencias, las cuales no nos separan ni dividen, sino que nos fortalecen para construir comunión y poner esas diferencias al servicio de la construcción del Reino, donde cada uno enriquece a la comunidad aportando los carismas que el Espíritu ha puesto en nuestros corazones.
El papa León XIV nos indicaba esto al recordar que «el Concilio Vaticano II enseña que la unidad de los fieles, que constituyen un solo cuerpo en Cristo, está representada y se realiza por el sacramento del pan» (22.06.2025).
Reitero la razón por la que nació la fiesta que celebramos este domingo: dar testimonio al mundo de que los cristianos-católicos creemos que en las especies consagradas está presente Cristo, en su cuerpo, sangre, alma y divinidad.
¿Cómo podemos dar testimonio de nuestra fe en la Eucaristía hoy?
Además de la procesión, que generalmente hacemos en nuestras parroquias, San Pablo en la Segunda Lectura nos hace este llamado que se hace actual y necesario. Digámosle al mundo que creemos en Jesús Sacramentado porque vivimos la unidad, la comunión. Seamos testigos de la Eucaristía porque de nuestras celebraciones salimos fortalecidos en la fraternidad, la solidaridad, la vivencia de la compasión y de la misericordia. Porque nuestras celebraciones nos llevan a ser cercanos a quienes más sufren, porque poniendo cada uno nuestros distintos carismas al servicio del Reino, nos preocupamos y nos ocupamos los unos por los otros y porque estos dones que de forma tan distinta el Señor suscita entre nosotros, si los ponemos al servicio de los hermanos y por tanto de la comunidad, nos permitirán, realmente y con coherencia, hacer vida lo que actualizamos en el altar.