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Arzobispo

La Ascensión: presencia nueva y misión viva

Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José

En este domingo contemplamos el misterio de la Ascensión del Señor, un acontecimiento que marca una novedad profunda en la manera en que el Nuestro Salvador permanece con su pueblo hasta hoy. Jesús no se aleja para desentenderse de la historia humana; al contrario, su elevación al Padre inaugura una presencia nueva, más amplia, más íntima y universal.

Él mismo prometió: "Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo" (Mateo 28,20). Su presencia ahora se hace viva en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en la comunidad reunida y, en los más pobres y necesitados. Es una presencia que se descubre en la fe, en la vida cotidiana de quienes caminan confiando en Él.

La Ascensión no es distancia, es cercanía transformada. No es ausencia, es un modo nuevo de estar. No es el final, es el comienzo de la misión.

Antes de subir al cielo, el Señor confía a sus discípulos una tarea clara: "Vayan por todo el mundo y anuncien el Evangelio a toda criatura" (Marcos 16,15). No se trata de un encargo reservado a unos pocos, sino de una vocación que alcanza a todo bautizado. Cada cristiano está llamado a ser testigo, no solo con palabras, sino con una vida coherente, capaz de reflejar el amor, la justicia y la verdad del Evangelio.

Nuestra esperanza tiene un fundamento muy concreto: Cristo Resucitado, al subir al cielo, no se desentiende de nosotros, sino que lleva consigo nuestra humanidad, con todo lo que somos: nuestras alegrías, luchas, incertidumbres y esperanzas, y la introduce en el corazón de Dios. Él va delante de nosotros, como cabeza de este Cuerpo que es la Iglesia. Por eso, nosotros, que somos sus miembros, no caminamos a ciegas: sabemos hacia dónde vamos. La Ascensión nos recuerda que nuestro destino es estar con Él, y por eso vivimos con la esperanza viva de seguir sus pasos y participar un día de su Reino Eterno.

En medio de las dificultades, de las incertidumbres y de los desafíos que enfrenta nuestro mundo, la Ascensión es fuente de esperanza. Jesús nos precede en la gloria para mostrarnos que nuestra historia no termina en el dolor, ni en la muerte, sino en la vida plena con Dios. Él es el Camino hacia la casa del Padre, revelándonos que el destino final de la humanidad es la comunión eterna con Él: "Voy a prepararles un lugar" (Juan 14,2).

Finalmente, contemplamos a Cristo "sentado a la derecha del Padre", imagen que expresa su señorío y su continua acción a favor de la humanidad. Él intercede por nosotros, sostiene nuestra fragilidad, guía a su Iglesia y acompaña nuestros pasos. Su victoria es también nuestra esperanza.

Por tanto, queridos hermanos, la Ascensión no es final, sino promesa cumplida y camino abierto. Que este misterio fortalezca nuestra fe, renueve nuestro compromiso y nos impulse a vivir como verdaderos testigos, con la mirada puesta en el cielo, pero con los pies firmes en la tierra, construyendo el Reino de Dios cada día. Esta presencia nueva del Señor se hace real en medio de nuestras jornadas, en el trabajo, en la familia, en los momentos de cansancio y también en las alegrías sencillas. Allí donde un cristiano ama, perdona, sirve o permanece fiel, allí Cristo sigue actuando en el mundo.