Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
El ciclo litúrgico que estamos
viviendo este año, nos ha insistido desde el inicio de la Cuaresma y durante
estas primeras semanas de la Pascua que Cristo, por, el bautismo, nos ha
regalado la gracia de configurarnos con Él, hacernos uno con Él, para que
nuestra vida como la suya, peregrine hacia la resurrección y participe con Él
de su misma gloria.
Pero también se nos ha recordado,
que al renovar los dones que nos da el bautismo, durante este Pascua, estamos renovando
también los compromisos que el bautismo trae a nuestra vida: ser testigos de la resurrección, anunciar el
evangelio en las realidades actuales del mundo y vivir los valores del reino
del amor, la justicia, la solidaridad, el perdón y la misericordia.
Es precisamente por el Bautismo,
que somos, como nos lo recordaba San Pedro en la Segunda Lectura, piedras vivas
de este edificio espiritual que es la Iglesia, donde Cristo es la piedra
angular. Somos linaje elegido, sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido
por Dios para anunciar sus proezas, llamados a realizar las mismas acciones
de Cristo (oraciones, sacrificios espirituales, obras de misericordia) para
iluminar, de esta manera, las tinieblas del mundo con su luz maravillosa.
Esta configuración con Cristo que
nos regala el Bautismo, también nos asegura que nuestra meta es participar de
la gloria de Cristo Resucitado y que nuestro peregrinar por este mundo, en
medio de las situaciones difíciles, culmina con el encuentro definitivo con
Dios en las moradas eternas.
Así nos lo recuerda el papa
Francisco, comentando este pasaje del evangelio de San Juan: «esta Palabra es fuente de
consuelo, es fuente de esperanza para nosotros. Jesús no se ha separado de
nosotros, sino que nos ha abierto el camino, anticipando nuestro destino final:
el encuentro con Dios padre, en cuyo corazón hay un puesto para cada uno de
nosotros»
(07.05.2023).
Esta verdad es con la cual Jesús,
en la última cena, quiere animar a sus discípulos, luego de anunciar la
traición de Judas y las negaciones de Pedro:
Él debe irse, pero lo hace para prepararnos una morada en el cielo. Por esto, el llamado de Jesús, ante la duda
del apóstol Tomás, sobre cuál camino seguir para llegar a esta morada, es que
debemos confiar en el Padre y confiar también en Él, que es Camino, Verdad y
Vida.
El papa Benedicto XVI nos
explicaba esta frase: «Para los cristianos, para cada uno de nosotros, por
tanto, el camino al Padre es dejarse guiar por Jesús, por su palabra de Verdad,
y acoger el don de su Vida [?] Por tanto sólo creyendo en Cristo, permaneciendo
unidos a él, los discípulos, entre quienes estamos también nosotros, pueden
continuar su acción permanente en la historia: ?En verdad, en verdad os digo
?dice el Señor?: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago? (Jn 14, 12)» (22.05.2011).
Por tanto, el seguimiento de
Cristo, que se hace Camino, Verdad y Vida, asumiendo la naturaleza humana,
implica, para todos nosotros bautizados, esa misma radicalidad evangélica que
implica ponerse al servicio del otro, ser misericordioso y compasivo con el
otro, tal y como lo hizo Jesús. No puede
haber vida cristiana sin esa entrega al prójimo que se traduce en solidaridad,
caridad, servicio, perdón, compasión, misericordia, elementos que no pueden ser
accesorios en la vida cristiana, sino que deben ser parte esencial de todo
aquel que dice creer en Dios y profesar la fe en Jesucristo Resucitado, porque
ya lo decía con total claridad el mismo Cristo al final del evangelio y que nos
recordaba el papa Benedicto: «el que cree
en mí, también él hará las obras que yo hago y aún mayores».
Precisamente, el descuido de la
vivencia de la caridad es lo que provoca la primera discrepancia en la
primitiva comunidad cristiana, quienes en diálogo, fraternidad y guiados por el
Espíritu Santo, eligen e imponen las manos a siete hombres justos y sabios para
que asumieran el ministerio de la caridad.
Son llamados diáconos, es decir, servidores y ellos sacramentalizan la
caridad, sacramentalizan el servicio, es decir, hacen visible y concreto, en
medio del mundo, el amor de Dios con el gesto de servir al más necesitado.
Y aunque el diaconado sigue
siendo un ministerio activo en la Iglesia, el ejercicio de la misericordia es
un llamado para todo bautizado, porque quien cree hace las obras de Cristo.
Somos piedras vivas que
construimos la Iglesia; seguimos a Cristo, Camino, Verdad y Vida y le hemos
dicho al mundo, al renovar nuestro bautismo en esta Pascua, que creemos en Dios.
Estos compromisos bautismales
ciertamente no son fáciles de vivir, por eso como en la oración colecta de este
V Domingo de Pascua, seguimos pidiendo al Señor que renovados en el santo
bautismo, demos frutos abundantes con tu ayuda y protección.