Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
En
este IV domingo de Pascua, la Iglesia nos regala una de las imágenes más
cercanas del Evangelio: Jesús, el Buen Pastor. En sus palabras - "Yo soy el Buen
Pastor; el Buen Pastor da la vida por las ovejas" - no hay solo una enseñanza,
sino una revelación de su propio corazón. Jesús se muestra como Aquel que
conoce de verdad, que se involucra con su rebaño, que se hace responsable.
Su
amor no es distante ni impersonal. Es un amor que se detiene, que busca, que
carga, que permanece. Conoce a cada uno por su nombre, entra en la historia
concreta de cada vida y no retrocede ante la fragilidad ni ante el pecado. Y
cuando dice que da la vida, lo dice en serio: no guarda nada para sí, no se
reserva, no se protege. Se entrega hasta el extremo.
Por
eso esta imagen nos alcanza tan profundamente, porque habla a nuestra
experiencia más real. Todos sabemos lo que es sentirse perdidos, confundidos o
heridos. Y es justamente ahí donde se nos revela un Dios que no abandona, que
no huye, que no se desentiende, sino que permanece fiel y cercano, sosteniendo
la vida con un amor que nunca se cansa.
Jesús
se presenta como el pastor que conoce a sus ovejas y es conocido por ellas. El
Señor nos recuerda que su voz es la que conduce a la vida. Él no empuja ni
obliga; llama. Y quien aprende a escuchar su voz descubre un camino de
plenitud.
Y,
al amparo de esta Palabra, celebramos también la Jornada Mundial de Oración por
las Vocaciones. Es una oportunidad para preguntarnos: ¿quién continuará hoy la
misión del Buen Pastor? ¿Quiénes estarán dispuestos a dar la vida, a cuidar, a
acompañar, a sostener la fe del pueblo de Dios? La respuesta no nace de
estrategias humanas, sino de corazones disponibles. Por eso, la primera tarea
es orar: pedir al Dueño de la mies que envíe trabajadores a su campo (Cf. Mateo
9,37-38)
Esta
jornada también interpela a las familias cristianas. Allí, en la vida cotidiana
es donde se siembran las primeras semillas de toda vocación. Un hogar donde se
reza, donde se ama con generosidad, donde se aprende a servir, es tierra fértil
para que Dios llame. No tengan miedo de que sus hijos escuchen esa llamada. Al
contrario, ayúdenlos a descubrir que la mayor alegría está en responder con
generosidad a lo que Dios sueña para ellos.
Y
a quienes ya hemos sido llamados, este Evangelio nos recuerda el estilo del
Buen Pastor: cercanía, entrega, fidelidad. No somos dueños del rebaño, sino
servidores. Estamos llamados a reflejar a Cristo, a transparentar su ternura,
su paciencia, su misericordia. Cuando un pastor ama de verdad, el pueblo lo reconoce;
cuando entrega la vida, el Evangelio se vuelve creíble.
Pidamos
hoy la gracia de escuchar la voz del Señor en medio del ruido, de seguirle con
confianza y de sostener, con nuestra oración y testimonio, el florecimiento de
nuevas vocaciones. Que cada uno, desde su lugar, aprenda a amar como el Buen
Pastor: dando la vida, día a día, en lo pequeño y en lo grande. Porque solo
así, el mundo podrá reconocer que sigue habiendo pastores según el corazón de
Cristo.