Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!
Hemos llegado a la celebración más importante del Año
Litúrgico, la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
Esta solemnidad conmemora la verdad central de nuestra fe y
lo que da sentido a nuestra existencia, ya que Jesús, con su resurrección, hace
que la humanidad entera sea glorificada con Él.
Así lo manifiesta San Pablo en la segunda lectura, al afirmar que hemos
resucitado con Cristo y que cuando se manifieste Cristo, vida nuestra, nosotros
también nos manifestaremos gloriosos, junto a Él.
En esto radica el sentido principal y más profundo de
nuestra fe cristiana y de nuestra vida; porque en medio de nuestra imperfección
y nuestra limitación, Jesús nos une a su gloria, que es perfecta y eterna. Nuestra vida, entonces, tiene sentido, porque
la meta, no es la muerte, sino una existencia gloriosa y plena junto a Dios.
Por esto la resurrección de Cristo, ha transformado
radicalmente la vida y la historia de cada ser humano de todo tiempo. Así sucedió, en primer lugar, con los
apóstoles, que siendo testigos de la resurrección y guiados por el Espíritu
dado por el mismo Cristo, van a anunciar la verdad de la resurrección y los
regalos que este acontecimiento da a todos los seres humanos.
Esta verdad es tan importante, tan fundamental y tan
transformadora que no se puede ocultar, se debe anunciar a todo el género
humano y hasta los confines del mundo.
El evangelio de San Juan, que se proclama las eucaristías
matutinas de este domingo, nos habla de los tres primeros testigos de la
resurrección: tres discípulos que vieron
el sepulcro vacío, María Magdalena, Simón Pedro y Juan, el discípulo amado.
Y ese texto también indica que los tres corren, no sólo para
corroborar que el sepulcro estaba vacío sino para ir a comunicarlo a los demás
discípulos.
Además, en las misas vespertinas de este domingo, se nos
propone la lectura del evangelio de Lucas que narra el pasaje de los discípulos
de Emaús, los cuales después de encontrarse con el resucitado, también se ponen
en camino y corren hacia Jerusalén para anunciar su encuentro con Cristo.
La palabra de Dios nos indica que aquel que tiene la
experiencia de encontrarse con el Resucitado, corre a anunciarlo, corre a dar
testimonio, se pone en camino para dar a conocer esta verdad que cambia la
historia y la vida de cada ser humano.
El papa Francisco, el domingo de Pascua del año anterior, a
pocas horas de volver a la casa del Padre, lo recordaba al afirmar: «la Pascua nos impulsa al movimiento, nos empuja a
correr como María Magdalena y como los discípulos; nos invita a tener ojos
capaces de "ver más allá", para descubrir a Jesús, el Viviente, como el Dios
que se revela y que también hoy se hace presente, nos habla, nos precede y nos
sorprende [...] Por eso la fe pascual, que nos abre al encuentro con el Señor
Resucitado y nos dispone a acogerlo en nuestra vida» (20.04.2025).
La celebración de este día, por tanto, nos recuerda esta
certeza, Cristo ha resucitado, camina con nosotros y nos ha regalado una vida
perfecta junto a él; ha transformado nuestra vida y nuestra historia y nos
impulsa a ponernos en movimiento para anunciar esta verdad.
Durante esta Pascua hemos renovado nuestras promesas
bautismales y esto significa que hemos asumido nuevamente el compromiso de dar
testimonio, como verdaderos apóstoles, de esta verdad.
Así lo hemos escuchado en la primera lectura, donde Pedro,
el mismo que había visto el sepulcro vacío, anuncia el kerigma en casa de
Cornelio, dando testimonio de que él vio, comió y bebió con el resucitado, esto
llena de alegría y esperanza a quienes lo escuchan y hace que se vayan
integrando las primeras comunidades de cristianos.
Por esta razón, hoy estamos llamados, no sólo a celebrar
sino a salir con entusiasmo e incluso con prisa, a anunciar la alegría y la
esperanza de la resurrección de Cristo a los hermanos, porque en medio de
tantas situaciones de dolor como la violencia, la guerra, la pobreza, el
desempleo, etc.; los cristianos, llamados a ser luz en medio de las tinieblas, debemos
anunciar la verdad de Cristo Resucitado, la única que puede inundar nuestra
vida con el verdadero gozo, ése que nos hace salir de nosotros mismos, para ir
a encuentro del otro y ser hermanos cercanos, en especial de aquellos que
necesitan ser confortado en medio de sus sufrimientos.
Que la alegría del encuentro con Cristo Resucitado, nos haga
ser esos testigos de la verdad fundamental de nuestra fe y así poder iluminar,
con la alegría y la esperanza cristianas, las tinieblas que hoy oscurecen la
vida de tantos hermanos.
¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!