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Arzobispo

La vida ha vencido

Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José

¡Felices Pascuas de Resurrección ¡Hoy la Iglesia celebra el corazón mismo de la fe cristiana! No hay acontecimiento más grande, más decisivo ni más luminoso que este: Cristo ha resucitado. Todo lo que creemos, todo lo que anunciamos y todo lo que esperamos nace de esta noticia. San Pablo lo dirá con absoluta claridad: si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe (Cf. I Corintios 15,14). Pero Cristo ha resucitado verdaderamente, y por eso la esperanza del cristiano no es una ilusión, sino una certeza.

Hoy, el Evangelio nos sitúa en el primer día de la semana. Dos discípulos caminan hacia una pequeña aldea llamada Emaús, como narra san Lucas (24, 13-35). Van conversando entre sí, cargados de tristeza y desconcierto. Habían puesto su esperanza en Jesús, pero la cruz parecía haberlo terminado todo. Sus pasos reflejan el desánimo de quien cree que la historia terminó en fracaso.

Sin embargo, precisamente en ese camino de desilusión ocurre algo extraordinario: Jesús resucitado se acerca y camina con ellos. No irrumpe con estruendo, sino con discreción. Se pone a su lado, escucha su dolor y les ayuda a comprender el sentido de lo ocurrido. A veces también nosotros caminamos así, con el corazón pesado, sin darnos cuenta de que el Señor resucitado está a nuestro lado.

La liturgia pascual resume en la secuencia que escucharemos este misterio con una frase de gran belleza: "Lucharon vida y muerte en singular batalla; y muerto el que es la Vida, triunfante se levanta".

Ahí está la esencia de la Pascua. En la cruz parecía haber vencido la muerte, pero en realidad se estaba gestando la victoria de la vida. Cristo, que es la Vida misma, atravesó la muerte y salió victorioso del sepulcro. Por eso hoy la Iglesia no celebra simplemente el recuerdo de un hecho pasado: celebra que la vida ha vencido para siempre.

Los discípulos de Emaús reconocen finalmente a Jesús cuando parte el pan. En ese gesto se les abren los ojos. Comprenden que aquel desconocido que caminaba con ellos era el Señor. Y entonces su tristeza se transforma en alegría y su cansancio en impulso misionero. Aquellos que iban alejándose regresan corriendo a Jerusalén para anunciar lo que han vivido.

Eso mismo ocurre en cada Pascua. Cristo resucitado sale a nuestro encuentro, ilumina nuestra historia y enciende nuevamente nuestro corazón. La Resurrección no es solo una verdad que creemos; es una vida nueva que comienza.

Por eso, en medio de las dificultades del mundo, de las heridas de nuestra sociedad y de las luchas personales que cada uno lleva en su interior, los cristianos seguimos proclamando con alegría la gran noticia: la Vida ha vencido a la muerte.

Que esta Pascua renueve nuestra fe, fortalezca nuestra esperanza y nos impulse a vivir como hombres y mujeres que saben que el Señor está vivo y camina con nosotros. Que no sea solo una verdad que proclamamos con los labios, sino una certeza que transforme nuestra manera de mirar la vida: que el Resucitado ilumine nuestras oscuridades, levante nuestros cansancios y nos devuelva la alegría de creer. Vivir en el Resucitado significa no dejarnos vencer por el miedo, la desesperanza o la indiferencia, sino caminar cada día con la confianza de que la vida es palabra definitiva. Que su presencia nos haga testigos de luz, sembradores de paz y portadores de esperanza en medio de nuestro mundo.