Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
El primer domingo de cuaresma recordábamos
este año litúrgico estamos escuchando el ciclo de lecturas bíblicas conocido
como el ciclo bautismal, ya que era el que se utilizaba durante los domingos de
la cuaresma para la preparación inmediata de los catecúmenos que recibirían la
Iniciación Cristiana durante la Vigilia Pascual.
Con esta explicación previa
podemos comprender el profundo sentido de la Palabra de Dios que se proclama
este III Domingo de Cuaresma. Porque tanto
la primera lectura del libro del Éxodo como el evangelio de San Juan coinciden,
en sus respectivas narraciones, al presentar el agua como un elemento importante
en la Historia de la Salvación.
El Éxodo presenta al pueblo
elegido haciendo, una vez más, un reclamo a Moisés por su salida de
Egipto. En este caso su molestia es por
la falta de agua durante el camino por el desierto.
Ciertamente el agua es esencial
para la vida del ser humano y estando en el desierto esto es aún más palpable,
ya que la falta de agua compromete la vida misma de la persona humana. El agua, por tanto, será la diferencia entre
la vida y la muerte.
Pero lo narrado en esta primera
lectura, manifiesta más bien, que aquel reclamo por la falta de agua, sacaba a
relucir la falta de fe del pueblo hebreo, que ya después de haber sido testigo
de las obras magníficas realizadas por YHWH y todavía sigue dudando del poder
de Dios al existir una pequeña dificultad.
Por tanto, la sed de aquel pueblo, era más bien signo de su falta de fe.
Asimismo, el texto del evangelio
nos relata el encuentro de Jesús con la samaritana, en Sicar, específicamente
en el pozo de Jacob.
Jesús se presenta, bajo el calor
del mediodía, sediento y pide a una mujer samaritana que saque agua del pozo
para beber.
Este gesto, al parecer tan
sencillo, es suscitado por el Señor para convertirlo en un encuentro de fe.
Aquella mujer se sorprende no
sólo porque un hombre judío le dirige la palabra al ser ella una mujer y además
samaritana sino porque este hombre le pide agua para beber. Esta reacción de la mujer, muestra que lo
hecho por Cristo es una acción profética que le permite a Jesús hablarle a
aquella mujer de otro tipo de agua.
Cristo le dice que él puede darle agua
viva, un agua que no está en aquel pozo, sino en un manantial que es capaz
de dar vida eterna.
Ese manantial es Cristo mismo,
que al continuar su conversación con la samaritana, le permite hacer un camino
de fe que la lleva a reconocerlo primero como profeta y luego como Mesías. Tanto que da testimonio de Cristo entre los
samaritanos que al final reconocen a Jesús, ya no sólo como profeta y Mesías,
sino como el Salvador del Mundo. Por
esto, dice San Agustín, «Jesús en
realidad tenía sed de la fe de aquella mujer».
Hay una similitud en entre el
pueblo hebreo, molesto por la falta de agua en el desierto, y la mujer
samaritana: ambos están faltos de
fe. Pero la diferencia radica en el
encuentro con Cristo que sacia a la mujer samaritana del agua viva y que hace
que su vida fuera totalmente transformada, dando testimonio de la acción de
Cristo en su vida.
Recordando el camino bautismal de
este ciclo litúrgico, el papa Benedicto XVI nos explicaba: «En el encuentro con la
Samaritana, destaca en primer lugar el símbolo del agua, que hace clara alusión
al sacramento del Bautismo, manantial de vida nueva para la fe en la Gracia de
Dios [...] Esta agua representa al Espíritu Santo, el "don" por excelencia que
Jesús vino a traer de parte de Dios Padre.
Quien renace en el agua y el Espíritu Santo, es decir, en el Bautismo,
entra en una relación real con Dios, una relación filial, y puede adorarle "en
espíritu y verdad" (Jn.
4,23.24), como sigue revelando Jesús a la mujer samaritana. Gracias al encuentro con Jesucristo y al don
del Espíritu Santo, la fe del hombre llega a su cumplimiento, como respuesta a
la plenitud de la revelación de Dios» (27.03.2011).
Por esta razón, tanto para quienes se preparan para
ser bautizados en la noche de la Pascua, como quienes renovaremos nuestras
promesas bautismales en esa misma celebración, hoy se nos recuerda que con el
agua del Bautismo, hemos recibido don el Espíritu Santo, por medio del cual
Dios ha derramado su amor en nuestros corazones, amor con el cual fuimos
transformados en nuevas creaturas, como la Samaritana fuimos capacitados para
alcanzar la salvación, como nos ha recordado el apóstol en la segunda lectura.
Este mismo Espíritu nos ha capacitado para
llevarnos a dar testimonio, tal y como lo hizo esta mujer samaritana del
evangelio, que ayudó a que todo un pueblo, considerado apartado de Dios,
reconociera a Cristo como su salvador.
Por tanto, en este camino cuaresmal, que nos quiere
recordar los regalos del bautismo, no olvidemos que todo bautizado,
independientemente de su vocación, está llamado a llevar la Buena Nueva a los
hermanos, para que toda la humanidad, transformada por el agua viva, reconozca
a Jesucristo, como su Señor y Salvador.