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Arzobispo

La tentación: combate y camino de crecimiento

Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José

Al inicio de la Cuaresma, la liturgia nos condujo al desierto para contemplar a Cristo siendo tentado por el Diablo. Es un pasaje que se convierte en clave para entender nuestra propia vida espiritual.

El Señor no rehuyó la prueba; la atravesó. Y al hacerlo, iluminó cómo enfrentar nuestras luchas.

La tentación no es pecado. Es una experiencia humana. El mismo Jesús quiso asumirla, para mostrarnos que la fidelidad no consiste en no ser probados, sino en no rendirse al mal. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la tentación forma parte del combate espiritual y que, con la gracia, puede convertirse en ocasión de crecimiento. Por eso, no debemos escandalizarnos de nuestras luchas interiores.

Muchos fieles, sin embargo, se sienten fracasados y angustiados cuando descubren en sí mismos fragilidad. Pensaban que, después de años de oración, ciertas situaciones desaparecerían. Y cuando vuelven a experimentar la seducción del egoísmo, del poder, de la comodidad o de la autosuficiencia se desalientan. Es importante decirlo con claridad: la tentación no anula el camino recorrido. A veces, precisamente porque avanzamos, el combate se hace más sutil.

En el desierto, el demonio propone a Cristo soluciones aparentes: éxito sin obediencia y gloria sin adoración al Padre. Son tentaciones que también nos visitan. Queremos resultados sin proceso, reconocimiento sin entrega, influencia sin verdad. El Papa Francisco nos hablaba de la mundanidad espiritual, que se disfraza de bien, pero busca en el fondo la propia gloria No siempre la tentación tiene rostro escandaloso; a veces es muy razonable.

No dialoguemos ingenuamente con la tentación. Jesús responde con la Palabra. No discute; se apoya en la verdad revelada. También nosotros necesitamos anclar la vida en la Escritura, en los sacramentos y en la comunidad eclesial. Nadie vence solo. El combate espiritual no es intimismo, es camino compartido.

Quisiera animar especialmente a quienes han caído y se sienten avergonzados. La Cuaresma no es un tribunal, es un tiempo de gracia. El fracaso puede convertirse en humildad; la herida en súplica; la caída en experiencia de misericordia. El Señor no se cansa de levantarnos. Siempre nos tiende su mano amorosa.

El desierto no es lugar de derrota, sino de purificación. Allí aprendemos qué ocupa realmente nuestro corazón. Si perseveramos, descubrimos que la tentación, no debe alejarnos de Dios, según la enfrentemos puede empujarnos a buscarlo con mayor perseverancia.

Que en esta Cuaresma fortalezcamos nuestro espíritu de vigilancia, estar siempre atentos porque el enemigo no descansa en atacar. Cristo ha vencido. Y en Él, nuestras luchas no son el final de la historia, sino el camino hacia una libertad más profunda.