Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
En este VI domingo del Tiempo Ordinario la liturgia
de la Palabra continúa presentándonos le hermosa predicación de Jesús, conocida
como el sermón de la montaña.
Cristo inicia este sermón exhortándonos a vivir las
bienaventuranzas y llamándonos a ser sal de la tierra y luz del mundo. Este Domingo el pasaje evangélico nos muestra
a Jesús enseñándonos, en concreto, cómo podemos realizar esto.
Dentro de las prerrogativas que debía tener el
Mesías, estaba la de interpretar sabiamente la Ley de Moisés. Por eso Cristo, desde el monte, como el nuevo
Moisés, explica con total elocuencia y sabiduría la ley del Antiguo Testamento,
indicando que la plenitud de la ley es el amor, al decir en seis
ocasiones: habéis oído que se dijo... pero yo os digo.
Con estas indicaciones, Jesús manifiesta que la
observancia de los mandamientos nunca debe limitarse únicamente al cumplimiento
de los NO que tiene la ley, porque el no matar, no cometer adulterio, no jurar
en falso, deben acompañarse de buenas acciones.
Nos enseñaba el recordado papa Benedicto XVI: «La novedad de Jesús consiste, esencialmente,
en el hecho de que Él mismo ?llena? los mandamientos con el amor de Dios, con
la fuerza del Espíritu Santo que habita en Él. Y nosotros, a través de la fe en Cristo,
podemos abrirnos a la acción del Espíritu Santo, que nos hace capaces de vivir
el amor divino. Por este motivo, todo precepto se hace verdadero como exigencia
de amor, y todos se reúnen en un mandamiento único: ama a Dios con todo el
corazón y ama al prójimo como a ti mismo» (13.02.2011).
Por tanto, el llamado de Jesús a sus discípulos y a
la multitud que lo está siguiendo es a vivir la fe, en lo concreto de la vida
diaria, haciendo presente el amor de Dios y esto será lo que dará plenitud al
cumplimiento de toda la Ley.
El discípulo de Cristo, entonces, no sólo debe luchar
por no cometer acciones pecaminosas, sino que, además, lucha por servir,
perdonar y ser radical en la vivencia del amor a los hermanos, sean estos su
cónyuge, sus amigos o incluso sus enemigos.
En esta vivencia radical del amor está en juego, también,
la relación que el cristiano tenga con Dios, ya que el mismo Jesús ha dicho en
el evangelio, que antes que presentar la ofrenda en el altar, debemos
reconciliarnos con el hermano.
Por tanto, hasta el culto que tributamos a Dios y
con el que queremos agradarle, podría volverse vacío, si no somos capaces de
vivir el amor, tal y como hoy Jesús nos ha enseñado, es decir, como plenitud y
cumplimiento de toda la ley.
El papa Francisco nos enseñaba: «Jesús nos hace comprender que las reglas religiosas son
útiles, son buenas, pero son solo el inicio: para darles cumplimiento, es
necesario ir más allá de la letra y vivir su sentido» (12.02.2023).
La enseñanza de Cristo en este sermón de la montaña
es verdaderamente exigente, por eso con humildad, reconocemos nuestra
limitación para cumplirla con nuestras propias fuerzas y pedimos con confianza,
en la oración colecta, que sea Dios quien nos conceda la gracia de vivir de
forma recta y sincera, para que Él habite en nosotros y actuemos siempre
impulsados por su Espíritu y su gracia sea nuestra fuerza para amar con
radicalidad y así cumplir la plenitud de la ley.