Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
Este domingo, tercero del Tiempo
Ordinario, fue establecido por el papa Francisco como el Domingo de la Palabra,
para que sea un día «dedicado a la celebración, reflexión y divulgación de la Palabra de
Dios» (Apuerit Illis 3) y de esta
manera se redescubra en la Iglesia Universal la importancia que tiene la Palabra
de Dios en la vida de la Iglesia, no sólo en la vida litúrgica, sino también en
la acción misionera y catequética, lo mismo que en la vida cotidiana de cada
creyente, porque como nos dice San Jerónimo «quien desconoce las escrituras desconoce a Cristo», porque, también
nos recuerda el Papa, la Palabra de Dios debe llevarnos a tener una experiencia
del Resucitado que nos explica la escritura y nos fracciona el pan.
Por esto, la Palabra de Dios que se proclama este domingo es
un ejemplo claro de esto que nos ha recordado el papa. Porque ya en el texto del Profeta Isaías, ocho
siglos antes del nacimiento del Mesías, de manera latente, podemos vislumbrar a
Cristo. Él es esa luz que ilumina las
tinieblas del pueblo de Israel que, ante la caída de las tribus del norte -Zabulún
y Neftalí- en manos de los asirios, se siente desanimado y derrotado.
El mismo Mateo, en el evangelio, hace referencia a ese hecho,
cuando nos dice que el gesto de Cristo de ir a Carfaúm, tierra de Zabulún y
Neftalí, Galilea de los gentiles, es cumplimiento de esa promesa hecha a Isaías: Cristo es por tanto la Luz que ilumina las
tinieblas del mundo y las tinieblas que cada ser humano puede experimentar.
De este modo Jesús, al predicar la Palabra y anunciar que el
Reino está presente, es manifestación evidente de que el Señor cumple sus
promesas, al revelarse, por medio de su Hijo Único, como ese Dios
misericordioso que entra en la historia para transformarlo todo con su amor y
salvar a la humanidad entera, con el acontecimiento pascual.
Esa exhortación de Cristo en Cafarnaúm es lo que le permite a
Pablo llamar a la comunidad de Corinto a vivir la unidad, porque si por la
predicación hemos conocido a Cristo y hemos conocido el don de su salvación al
constituirnos sus hijos y, por tanto, hermanos todos y herederos de su Reino;
los cristianos no podemos ir tras una persona humana en específico o tras
grupos o ideologías, porque eso lleva a la dispersión y a la división. Seguimos a Cristo, Dios y hombre verdadero,
que murió y resucitó, a quien las escrituras anunciaron desde antiguo y a quien
en este domingo se nos invita a testimoniar como una comunidad de fe que
peregrina en unidad.
El evangelio nos presenta el llamado de los primeros
discípulos, cuatro pescadores que desde su trabajo escucharon un SÍGUEME que cambió su corazón y su
historia, fueron hechos pescadores de hombres y siguieron a Cristo, Palabra
hecha carne, escucharon su palabra, vieron sus signos, lo palparon resucitado y
tuvieron la responsabilidad de llevar ese mensaje de verdad hasta los confines
del mundo.
Estos cuatro discípulos, lo dejaron todo, a la voz de Cristo,
al igual que el resto de los doce. Y
cumplieron su misión, guiados por el Espíritu recibido en Pentecostés, de
anunciar la verdad de Cristo, su mensaje y su doctrina, aquello que escucharon
y vieron en primera persona.
Y esto lo realizaron en unidad, aun cuando existían distintas
personalidades en la comunidad apostólica, ya que la unidad en la Iglesia de
Cristo no significa uniformidad, sino un camino en comunión poniendo los
distintos carismas para que la misión sea más eficaz. Unidad, comunión y diversidad de carismas al
servicio del Reino, serán los elementos que por sí solos, en una sociedad tan
llena de división y polarización, darán testimonio de Jesucristo en el mundo.
El mismo llamado de
aquellos primeros apóstoles, hoy lo escuchamos todos los
bautizados, quienes, desde nuestra propia vocación, estamos llamados a
responder con un fuerte compromiso: vivir
la unidad, la comunión y la diversidad de carismas, siendo testigos del
evangelio, para que la Palabra de Dios se siga conociendo, reflexionando y
celebrando, y de este modo siga suscitando
toda clase de obras buenas e iluminando las tinieblas del mundo.