Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
Hace
tres meses, los obispos de Costa Rica ofrecimos un documento en el que
abordamos, entre otros temas, la necesidad de comprender la política como
vocación de servicio. Hoy, deseo detenerme en esta afirmación, porque considero
que, más que nunca, nuestro país necesita redescubrir el verdadero sentido de
lo que significa tener una vocación y, de manera particular, lo que implica que
esa vocación sea al servicio de los demás.
La
palabra vocación viene del latín ?vocare? que significa llamar. Una vocación,
entonces, no es simplemente una inclinación personal o una opción que uno toma
según sus gustos, sino una respuesta a un llamado más grande, que da sentido y
dirección a la vida. Quien vive su vocación se sabe llamado y enviado, y por
eso no puede reducir su existencia a intereses inmediatos o a la búsqueda de
beneficios propios. Y cuando hablamos de política como vocación, hablamos de la
llamada a servir al bien común, a poner los talentos, la inteligencia y la
capacidad de liderazgo al servicio de todos.
El
Evangelio nos ofrece una clave para entender esto. Jesús, en medio de sus
discípulos, que discutían sobre quién era el más importante, les dijo: ?El que
quiera ser grande entre ustedes, que sea su servidor; y el que quiera ser el
primero, que sea el esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido a
ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos? (Mc
10,43-45). En estas palabras encontramos el corazón del verdadero liderazgo: no
la búsqueda de poder, prestigio o privilegios, sino el don sincero de la propia
vida por los demás.
Aplicado
a la vida política, esto significa que quien recibe la confianza del pueblo no
lo hace para servirse a sí mismo, ni para favorecer intereses de grupo, sino
para encarnar esa grandeza evangélica que se manifiesta en el servicio. La
vocación política, entendida así, se convierte en una forma concreta de
caridad: caridad social y política, como nos enseña la Doctrina Social de la
Iglesia.
Es
necesario profundizar en este tema porque la tentación de reducir la política a
un espacio de poder es permanente. Vemos con frecuencia cómo se convierte en
escenario de luchas partidistas, de enfrentamientos estériles o de promesas
populistas que no buscan el bien común sino la rentabilidad electoral. Cuando
esto ocurre, la política pierde su sentido original. Pero cuando se vive como
vocación de servicio, la política se convierte en una escuela de fraternidad,
en un camino hacia la justicia y en un instrumento de paz.
Una
vocación auténtica siempre implica entrega. Lo vemos en tantas madres y padres
de familia que hacen de su vida un servicio generoso a sus hijos; lo
contemplamos en los sacerdotes y consagrados que entregan su vida a Dios y a la
comunidad; lo vemos también en tantos laicos que, desde sus profesiones, ponen
su conocimiento al servicio de la sociedad. Lo mismo debe suceder con la
política: es auténtica cuando quienes participan en ella se saben llamados a
servir y a entregarse por el bien de los demás, aun a costa de sacrificios
personales.
Nuestro
país necesita hombres y mujeres que entiendan su compromiso ciudadano como una
vocación de servicio. Necesitamos líderes que sepan escuchar, que trabajen con
honestidad, que vivan con austeridad y que orienten sus esfuerzos hacia el bien
de todos, en especial de los más pobres y olvidados.
Que
el Señor Jesús, que vino a servir y no a ser servido, inspire nuestras
decisiones y anime nuestra vida pública. Y que María, Reina de los Ángeles,
patrona de Costa Rica, interceda por nosotros, para que nunca falten servidores
humildes y generosos que, desde la política, construyan justicia, fraternidad y
esperanza para todos en nuestra amada Patria.