Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José
Con la fiesta del Bautismo del Señor que celebramos el pasado
domingo, se concluyó el tiempo de la Navidad e iniciamos el Tiempo Ordinario.
Este tiempo litúrgico, que es tan importante como los otros, nos
permite contemplar, a la luz de la
Palabra de Dios, la totalidad del misterio salvífico, a través de las acciones
que Cristo realiza durante su ministerio público, el cual inició después del
bautismo en el Jordán. Estas acciones
son, principalmente, la predicación del Reino, los milagros que realiza y sus
gestos de compasión y misericordia.
La palabra de Dios de este
Domingo, con el cual iniciamos la segunda semana del Tiempo Ordinario, narra el
modo cómo Juan el Bautista culmina su misión.
El precursor, llamado a anunciar la llegada del Mesías y a preparar su
camino, presenta a Jesús a sus discípulos, manifestando, con total claridad,
que es el Ungido anunciado por los profetas, ya que indica cuáles son sus
prerrogativas como Mesías y como Salvador:
Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, es quien
tiene la plenitud del Espíritu Santo y es el Hijo de Dios.
Estas tres características que el
Bautista señala de Cristo, aseguran que en Jesús, se cumplen las escrituras y
la promesa de Dios de irrumpir en nuestra historia para dar la salvación a todo
el género humano.
Esta promesa de Dios, queda plasmada en el texto del profeta
Isaías que se proclama como primera lectura.
En este fragmento del Antiguo Testamento, se anuncia a un Siervo de YHWH, el cual ha sido
constituido luz de las naciones para que la
salvación alcance hasta el confín de la tierra.
A pesar de los esfuerzos que han hecho los estudiosos para
darle un nombre a este Siervo, sólo es posible encontrar en Jesucristo, a aquel
que cumple totalmente y de forma definitiva todos los requisitos: Jesús es el Mesías que realiza la misión
encomendada por el Padre, de iluminar a toda la humanidad con el don de la
Salvación.
Esta salvación, va a ser consumada, por la entrega de su
propia vida realizada por este Siervo del
Señor, a quien, de forma profética, el Bautista llama, Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
Esta es la forma en que Juan, presenta a Jesús a sus
discípulos. Este título, indica la
misión de Jesús, porque el cordero, simbólicamente era utilizado en los
sacrificios pascuales, para indicar que sobre él se cargaban los pecados del
pueblo y con su muerte esos pecados quedaban perdonados.
Cristo, es el verdadero Cordero
de Dios, porque su misión es cargar con todos los pecados de la humanidad y
con su sacrificio en la Cruz, perdonar los pecados de cada persona humana,
regalando salvación a la humanidad entera.
Lo hace con un único sacrificio y una vez y para siempre.
Por tanto, el título con el cual el Bautista anuncia que el
Mesías ya está en medio de su pueblo, indica, no sólo, que su misión es salvar
a la humanidad sino también el modo cómo realizará esta misión.
Nos enseñaba el papa Francisco: «...el Espíritu ilumina a Juan y le hace entender que así se cumple la
justicia de Dios, se cumple su diseño de salvación: Jesús es el Mesías, el Rey
de Israel, pero no con el poder de este mundo, sino como Cordero de Dios, que
toma consigo y quita el pecado del mundo.
Así Juan lo indica a la gente y a sus discípulos [...] La Iglesia, en
todos los tiempos, está llamada a hacer lo que hizo Juan el Bautista, indicar a
Jesús a la gente diciendo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del
mundo". Él es el único Salvador, Él es el Señor, humilde, en medio de los
pecadores. Pero es Él» (15.01.2017).
El
inicio del Tiempo Ordinario a la luz del inicio del ministerio público de
Cristo, nos pone de frente a una verdad que llena de esperanza y de compromiso
la vida de todos los cristianos. Dios,
ama tan profundamente a la creatura humana, que envía a su Hijo, para que asuma
nuestra humanidad y se entregue voluntariamente a la muerte, para rescatarnos y
hacernos partícipes de su vida plena y perfecta. Y esto debemos anunciarlo como lo hizo Juan
el Bautista.
Por tanto, pidamos la gracia al Señor, para que podamos
responder a este amor extremo de
Dios, siendo verdaderamente Pueblo Santo
de Dios, como nos llamaba San Pablo en la segunda lectura, es decir, siendo
una verdadera comunidad que anuncia a Jesucristo en el mundo, viviendo la
oración, la fraternidad, el amor, el servicio y la entrega por los hermanos; es
decir, haciendo presente a Cristo en el mundo de hoy con nuestra palabra,
nuestros gestos y nuestras acciones.