Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
En
Costa Rica, cuando llega el rezo del Niño, la casa cambia de aire. El pasito se
vuelve el corazón del hogar: una mesa adornada con musgo, figuritas gastadas
por los años, el Niño envuelto en su mantita, San José callado, María atenta,
los pastores llegando despacio, como llegan siempre los humildes. No es un
altar lejano: es la vida misma acomodada con cariño. Representación de la
Sagrada Familia de Nazareth.
Alrededor
del pasito la familia se arrima como al fogón. Se reza, sí, pero también se
cuentan historias, se ríe, se recuerdan los que faltan, se pasa un café, una
rosquilla, un tamal. La oración se mezcla con la conversación: aquí Dios se
suma a las mesas, risas y silencios compartidos. El rezo del Niño no separa lo
sagrado de lo cotidiano; lo abraza.
En
esa escena sencilla se nos revela un misterio grande: Dios no tuvo apuro por el
lujo ni por la grandeza. Quiso nacer en una casa común, entre gente de carne y
hueso. "La Palabra se hizo carne y puso su tienda entre nosotros" (Jn 1,14). Y
esa tienda sigue siendo hoy la familia reunida, con sus luces y sus sombras,
con lo que hay y con lo que falta.
Por
eso el rezo del Niño tiene algo de medicina del alma. A veces, mientras se
reza, se bajan las armas: se sueltan rencores, se hacen pausas, se miran los
rostros conocidos con un poco más de ternura. No todo se arregla, pero algo se
acomoda por dentro. La familia se reconoce frágil, sí, pero también bendecida.
Como
recordaba el papa Francisco, la familia es el primer lugar donde la fe se
vuelve vida: "La presencia del Señor habita en la familia real y concreta, con
todos sus sufrimientos, luchas, alegrías e intentos cotidianos. Cuando se vive
en familia, allí es difícil fingir y mentir, no podemos mostrar una máscara. Si
el amor anima esa autenticidad, el Señor reina allí con su gozo y su paz". En el rezo del Niño esa fe
no se aprende en libros, sino en gestos: una intención dicha en voz alta, un
canto desafinado pero sincero, un plato compartido sin preguntar si alcanza. Es
fe con olor a casa y sabor a agradecimiento.
En un país donde muchos viven con el alma cansada - por el trabajo duro, la inseguridad, la preocupación diaria o la soledad -, estas prácticas sencillas sostienen más de lo que parece. El rezo del Niño no es una costumbre vieja: es una forma sabia de cuidarnos, de volver a encontrarnos, de recordar que nadie se salva solo.
Cada
vez que una familia se reúne en torno al pasito, algo del Evangelio vuelve a
pasar. Dios nace de nuevo, no en los discursos, sino en la sencillez
compartida. Y mientras haya una familia que se reúne para rezar, agradecer y
compartir el pan, habrá esperanza. Cuidar el rezo del Niño es cuidar la raíz de
nuestras familias y, con ellas, el alma profunda de nuestro pueblo.
Que
la Sagrada Familia siga inspirando a quienes se sienten llamados a fundar una
familia, para que lo hagan según el querer del Señor, y así se fortalezca la
institución familiar tan golpeada desde hace años por ideologías contrarias o
por decisiones improvisadas.