Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
Con la fiesta del Bautismo del Señor, en la
Iglesia concluimos el tiempo litúrgico de Navidad. No lo hace con una escena
grandiosa, sino con un signo sencillo y profundamente revelador: Jesús se
acerca al Jordán y se sitúa junto a los demás. No se separa, no se distingue,
no reclama privilegios. Ese gesto ratifica con claridad el camino que Dios ha
elegido: entrar en la historia humana desde la humildad y la cercanía.
Jesús
revela así un Dios que no salva desde la distancia ni desde la superioridad,
sino desde la proximidad solidaria. En el Jordán comienza a manifestarse el
rostro de un Dios que se mezcla con su pueblo, acompaña sus búsquedas y camina
con sus fragilidades. La salvación acontece como gesto de poder, pero también como vida compartida.
Jesús
no recibe el bautismo porque necesite conversión. Lo hace para solidarizarse
con la humanidad, para asumir su historia y cargar con sus heridas. Por eso
Juan el Bautista puede señalarlo diciendo: «Este es el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). El Cordero no acusa ni se eleva sobre los
demás; en su mansedumbre, carga con el pecado y salva desde dentro.
En
el Bautismo del Señor acontece algo decisivo: el cielo se abre y se escucha la
voz del Padre. No es una voz destinada a la exaltación pública de Jesús, sino a
revelar el misterio de su relación filial: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me
complazco» (cf. Mc 1,11). La palabra de Dios no es reproche ni amenaza, sino
confirmación, confianza y amor gratuito. En Jesús, el Padre manifiesta su
querer más profundo: una vida entregada, vivida en comunión y abierta sin
reservas a los demás.
Este
acontecimiento revela el fundamento de la identidad de Jesús: no nace del éxito
ni del reconocimiento humano, sino de saberse amado y enviado por el Padre.
Desde esa certeza comienza todo su camino. Por eso, antes de hacer, antes de
decidir, antes de actuar, está la escucha. Jesús inicia su misión desde la
acogida confiada de la voluntad del Padre.
Nuestro bautismo participa de esta misma lógica. No es solo un rito externo ni un recuerdo del pasado, sino una experiencia que nos introduce en una relación viva con Dios. Como recuerda san Pablo: «Todos los que han sido bautizados en Cristo se han revestido de Cristo» (Gal 3,27). Bautizarse es entrar en su modo de vivir, de escuchar y de entregarse; es recibir una identidad y una misión como don.
Dios
sigue hablando, pero no grita. Su voz se deja percibir en la conciencia, en la
Palabra, en el clamor del que sufre y en las preguntas que nos inquietan.
Aprender a escuchar lo que Dios quiere exige silencio, humildad y
disponibilidad. No siempre es un camino cómodo, pero siempre es fecundo.
Concluir
solemnemente el tiempo de Navidad con la fiesta del Bautismo del Señor es una
enseñanza clara: Dios no solo se hace cercano en el pesebre; también nos
orienta, nos confirma y nos envía. Celebrar este día es renovar nuestro propio
bautismo, reavivar el deseo de vivir atentos a su voz y abiertos a su voluntad.
Cuando el creyente aprende a escuchar a Dios, encuentra luz para sus decisiones
y un sentido más hondo para su camino.