Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
Jesús
se presenta con una afirmación clara y decisiva: "Yo soy la luz del mundo" (Jn
8,12). No es una imagen poética; es una manera concreta de decir que su
presencia ilumina la vida humana allí donde hay oscuridad, confusión o miedo.
Celebrar la Epifanía es reconocer que esa luz no fue encendida para un tiempo
determinado o para unos pocos, sino ofrecida a todos para siempre.
La
palabra epifanía significa "manifestación", "hacerse visible", recuerda que
Dios no se reveló solo a un grupo cerrado de personas ni a un pueblo exclusivo.
Los magos que llegan de Oriente no pertenecen al mundo religioso de Israel, no
conocen la Ley ni los profetas, y sin embargo son atraídos por una luz. Dios se
deja encontrar también por quienes vienen de lejos, por caminos distintos, con
preguntas distintas.
El
evangelio lo expresa con sobriedad: "Vimos salir su estrella y venimos a
adorarlo" (Mt 2,2). No tenían un mapa exacto ni certezas doctrinales completas;
los motivaba una búsqueda honesta y la disposición a ponerse en camino. Esa es
una clave central de la Epifanía: Dios se manifiesta a quienes buscan, aunque
lo hagan de manera imperfecta.
La
Epifanía va más allá. No se trata solo de decir que todos somos iguales ante
Dios, sino de afirmar que Cristo viene a derribar los muros que nosotros mismos
hemos levantado. Muros culturales, religiosos, sociales, ideológicos. Muros que
separan, que excluyen, que clasifican.
San
Pablo lo dice con claridad: en Cristo "ya no son extranjeros ni forasteros,
sino conciudadanos de los santos" (cf. Ef 2,19). La luz de Cristo no ilumina
desde arriba para señalar diferencias; ilumina desde dentro para crear
comunión. Donde llega esa luz, ya no hay espacio para la desconfianza ni para
el desprecio.
Celebrar
hoy la Epifanía tiene un sentido profundamente práctico. Nos pregunta cómo
miramos al que es distinto, al que piensa diferente, al que viene de otra
historia. Nos cuestiona si nuestra fe construye puentes o refuerza fronteras.
Si nuestras comunidades son espacios donde otros pueden acercarse, o lugares
donde solo caben los que ya son "de los nuestros".
En
un mundo fragmentado, con sociedades polarizadas y discursos de exclusión cada
vez más fuertes, la Epifanía nos recuerda que la luz de Cristo no pertenece a
nadie en exclusiva. No es propiedad de un grupo ni bandera de una identidad
cerrada. Es una luz que se comparte o se apaga.
Celebrar
la Epifanía es aceptar que Dios puede manifestarse fuera de nuestros esquemas,
y que muchas veces viene a nuestro encuentro en el rostro del que no
esperábamos. Es aprender a dejarnos guiar por la luz, aunque nos saque de la
comodidad. Porque solo una fe que derriba muros y abre corazones puede ser
verdaderamente luz para el mundo.
Pidamos
al Señor en esta Solemnidad de la Epifanía que su luz nos guíe como estrella,
que su verdad se manifieste en nuestras vidas y que su paz nos reúna como
hermanos en un mismo camino.