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Arzobispo

Nuestra Santísima Madre

Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José

Cuando la Iglesia celebra a María como Madre de Dios, confiesa que ella es la madre de Jesús: del Dios que quiso entrar en nuestra historia sin distancia ni privilegios. Dios aceptó tener una madre; aceptó depender, ser cuidado, ser esperado.

San Pablo enseña: "Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo" (Flp 2,6-7). Eso es lo que celebramos: Dios que se hizo pequeño para estar cerca.

La Escritura lo expresa con sobria claridad: "Cuando llegó la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer" (Gálatas 4,4). No es un detalle secundario. Dios quiso comenzar su presencia entre nosotros como comienzan todas las vidas humanas: en el vientre de una madre, en el silencio, en la fragilidad. María es el signo de que Dios se involucra totalmente con nuestra humanidad y no rehúye sus límites.

Por eso llamar a María Madre de Dios no la coloca por encima de Dios, sino que nos revela a un Dios cercano, que confía su vida a manos humanas. María no es madre de una idea ni de un título; es madre de una persona real y concreta. Y esa verdad nos habla de un Dios que no se mantiene al margen del dolor, de la incertidumbre ni de la historia.

Por eso, desde hace siglos, el pueblo creyente repite con confianza: "Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte". No es una fórmula piadosa vacía. Es una confesión de fe. Al llamarla Madre de Dios reconocemos quién es Jesús; y al pedirle que ruegue por nosotros es porque nos conocemos frágiles, necesitados, pecadores, pero nunca abandonados.

No es casual que esta celebración se ubique el 1° de enero, que llega siempre cargado de buenos deseos y también de temores. Nadie comienza el año con todo resuelto. Hay familias preocupadas, personas cansadas, jóvenes inseguros sobre su futuro, un país que arrastra heridas abiertas. Costa Rica no es ajena a la violencia, a la división ni al desaliento que a veces se instala en nuestra vida cotidiana.

Comenzar el año con María es la certeza de que lo empezamos confiados, puestos en manos de una Madre que conoce el camino de la fe vivida en medio de lo incierto.

El papa Francisco afirmó que María "no es una señora distante", sino una madre que se acerca, que cuida y que enseña a vivir con ternura incluso en tiempos difíciles. Esa cercanía materna se convierte también en una escuela para la vida: nos educa para no endurecer el corazón, para no acostumbrarnos al dolor ajeno, para no responder al mal con más violencia.

Pidamos a Santa María, Madre de Dios, que al comenzar este nuevo año ilumine nuestro camino, cuide nuestras decisiones y sostenga nuestra esperanza, para que nunca falte su ternura en medio de nuestras fragilidades.