Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
La
Navidad cada año nos invita a regresar a lo esencial. Más allá de la
complejidad del año que termina, este tiempo se abre como un espacio de
claridad y de búsqueda interior. El profeta Isaías lo dice con total claridad: "El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz" (Is 9,2). Esa
proclamación nace de una certeza profunda: la luz de Dios irrumpe incluso
cuando los caminos se tornan inciertos. Por eso, la Navidad nos convoca a
reconocer la fuerza de esa luz que, discreta pero tenaz, sigue abriéndose paso
en medio de nuestra historia.
Este
año, Costa Rica ha atravesado desafíos concretos: tensiones sociales, violencia
creciente y una sensación persistente de incertidumbre. No hace falta negarlos
ni dramatizarlos. Pero tampoco podemos permitir que nos roben la mirada amplia
que la Navidad nos regala. Jesús nació en un tiempo complejo, marcado por el
miedo y la opresión. Y, sin embargo, su llegada abrió un horizonte nuevo: uno
donde la vida puede recomenzar, y la fe se vuelve fuerza para seguir caminando.
El evangelio de Juan lo dice con firmeza: "La luz brilla en las tinieblas, y
las tinieblas no la vencieron" (Jn 1,5). Esa certeza también nos pertenece.
Nos
encontramos además en medio de un proceso electoral, tiempo de discernimiento
personal y nacional, donde necesitamos luz. La Navidad nos recuerda que nuestra
participación en la vida social no es solo un ejercicio cívico, sino un acto de
esperanza. Debatimos, discernimos y elegimos, porque creemos que Costa Rica debe
fortalecerse en la justicia, la solidaridad y ser cada día más humana. El Nacimiento
de Jesús, humilde y vulnerable, nos invita a preguntarnos desde qué espíritu
queremos construir futuro de nuestro querido país. Ojalá esta época nos ayude a
fortalecer nuestra capacidad para el verdadero diálogo, a escuchar más y a
mirar lo que nos une, no solamente lo que nos divide.
Al
contemplar el pesebre, entendemos que Dios elige lo pequeño para revelar lo
grande. En la sencillez de Belén se esconde una fuerza que no se impone, pero
transforma. Ese es el camino que necesitamos recuperar como sociedad: pequeñas
decisiones cotidianas que generan confianza; gestos simples que restauran
vínculos; un compromiso renovado con la verdad, la justicia y la paz. San Pablo
nos exhorta con claridad: "No se cansen de hacer el bien" (2 Tes 3,13). En
tiempos de desaliento, esta enseñanza se vuelve brújula.
Y
ese bien debe ir orientado especialmente hacia los más necesitados. Como lo ha
señalado recientemente el Papa León: "El amor al prójimo representa la prueba
tangible de la autenticidad del amor a Dios...Son dos amores distintos, pero
inseparables". El amor a Dios, entonces, en
el trato fraterno y humano a quien está a mi lado, que no es algo, sino alguien.
No basta con rezar si ignoramos al que sufre a nuestro lado. La fe que no se
vuelve gesto, cuidado o justicia, se queda a medio camino. Es en el rostro del
prójimo donde Dios se deja reconocer.
Que
esta Navidad nos permita reconocer la luz que sigue encendiéndose en nuestras
comunidades, en nuestras familias y en cada persona que, con humildad, trabaja
por un país más digno. Que miremos el año que se acerca no con temor, sino con
un espíritu renovado. Y que, al celebrar el nacimiento de Jesús, podamos
redescubrir la certeza de que aún en medio de nuestras dificultades, Dios
continúa abriendo caminos donde parecía no haberlos.
¡Feliz
Navidad para todos!