Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
El
Adviento está por concluir. En pocos días celebraremos la Navidad, y la Iglesia
nos llama a mantener el corazón atento y disponible. No esperamos a un Dios
lejano: es Él quien se hace cercano, quien toma la iniciativa y viene a
compartir nuestra vida. Como nos enseña san Pablo, "Cristo Jesús, siendo de
condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se
despojó de sí mismo tomando la condición de siervo y haciéndose semejante a los
hombres" (Flp 2,6-7).
Dios
no permanece lejos: se acerca, se hace uno de nosotros y entra en la sencillez
de nuestra vida. En Jesús, la cercanía de Dios deja de ser una idea y se vuelve
rostro, palabra y abrazo. Toda la historia de la fe se resume en ese movimiento
de Dios hacia el hombre: un Dios que busca, que llama, que se adelanta.
Desde
el principio, Dios ha salido al encuentro de su criatura. Buscó a Adán cuando
se escondía por haber pecado: "¿Dónde estás?". Llamó a Abraham a salir de su
tierra y confiar en una promesa. Se acercó a Moisés en la zarza ardiente, a
Elías en el silencio del monte, a los profetas en medio de su pueblo. Siempre
es Dios quien toma la iniciativa. Es Él quien abre caminos, quien llama por el
nombre, quien se acerca.
En
el Adviento celebramos precisamente eso: que el Dios eterno ha querido
acercarse a nosotros, entrar en la historia y compartir nuestra carne y
nuestras lágrimas. No es el ser humano quien logra alcanzar a Dios, sino Dios
quien desciende hasta nuestra fragilidad para revelarnos su amor. La
Encarnación es la expresión más bella de esa búsqueda divina: el Creador que se
hace criatura para abrazarnos. Como proclama el Evangelio: "El Verbo se hizo
carne y habitó entre nosotros" (Jn 1,14).
Salir
a su encuentro, entonces, no significa adelantarse a Dios, sino responder. Es
abrir el corazón a Quien viene en camino. El mismo Dios que viene, y nosotros
lo recibimos con lo que somos: con nuestra pobreza, con nuestras heridas, con
nuestra fe sencilla. No salimos porque seamos dignos, sino porque hemos sido
amados. "Nosotros amamos, porque Él nos amó primero" (1 Jn 4,19).
Dios
viene al corazón humano para reconciliarlo, para despertarlo, para habitar en
él. Pero este encuentro se da en lo cotidiano, en la familia, en el trabajo, en
la vida que llevamos. Allí, donde a veces creemos que no pasa nada, Dios pasa.
Por
eso la llamada de este cuarto domingo no es a la prisa ni a la agitación, sino
a la disponibilidad. "Salgamos a su encuentro" quiere decir: dejemos de
escondernos, dejemos de correr tras lo que no llena, y permitamos que Él nos
encuentre. El amor de Dios no se impone, pero insiste; no invade, pero llama;
no obliga, pero espera.
En
Belén, en el silencio humilde de un pesebre, Dios se hace cercano. No llega con
estruendo ni con poder, sino con ternura, en la fragilidad de un niño. Allí, en
lo pequeño, lo pobre y lo oculto, comienza la salvación. Salir a su encuentro
es reconocer esa cercanía que no impone, pero transforma; es abrir el corazón
para que su presencia toque lo cotidiano, lo herido, lo olvidado.
En
estos últimos días de Adviento, abramos el corazón al Dios que viene. No
esperemos de brazos cruzados, pero tampoco intentemos alcanzarlo solo con
nuestras fuerzas. Lo esencial es disponerse: dejarse encontrar, dejarse
abrazar, dejarse amar. Porque el verdadero milagro no es que el ser humano
busque a Dios, sino que Dios ha salido a buscarnos. Como dice el profeta: "El
Señor mismo vendrá a salvarnos" (Is 35,4). Y lo hace, una vez más, en este
tiempo santo. Es necesario preguntarse, ¿cómo estoy viviendo este tiempo de
adviento?