Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
Con el inicio de un nuevo año lectivo, nuestras comunidades se llenan de entusiasmo y expectativas. Niños, jóvenes, educadores y familias emprenden nuevamente la hermosa tarea de aprender y enseñar, de descubrir el mundo y prepararse para los desafíos de la vida. En este contexto, la educación no puede reducirse solo a la transmisión de conocimientos o al desarrollo de habilidades técnicas; debe ser una formación integral que abarque el crecimiento humano, moral y espiritual de cada persona.
La educación integral es aquella que no solo instruye la mente, sino que forma a la persona. Es una educación que enseña a pensar con claridad y a actuar con rectitud, que prepara para el trabajo y la vida en sociedad, pero también para el servicio y la búsqueda del bien común. No podemos hablar de una educación completa si esta no está arraigada en valores fundamentales como la verdad, la justicia, la solidaridad y el respeto por la dignidad de cada persona.
Como bien nos recuerda el Papa Francisco: "Hoy más que nunca, es necesario unir los esfuerzos por una alianza educativa amplia para formar personas maduras, capaces de superar fragmentaciones y contraposiciones y reconstruir el tejido de las relaciones por una humanidad más fraterna".
En un mundo que a menudo exalta el éxito individual a cualquier costo, necesitamos una educación que enseñe a nuestros niños y jóvenes a vivir con responsabilidad, a reconocer el valor del otro y a construir relaciones basadas en el amor y la fraternidad. La formación en valores no es un complemento opcional en la educación; es su esencia misma, porque forma seres humanos íntegros, capaces de transformar la sociedad con su testimonio y compromiso.
Nelson Mandela enseñaba que "la educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo". En efecto, al educar a las personas en valores como la justicia y la igualdad, se siembran las bases para un cambio positivo y duradero en la sociedad. La educación abre puertas, fomenta el pensamiento crítico y empodera a los individuos para desafiar las injusticias y construir un futuro mejor.
La Iglesia ha sido, a lo largo de la historia, una gran educadora. Su misión no se limita a la enseñanza religiosa, sino que abarca la promoción de una educación que dignifique a la persona humana en todas sus dimensiones. Por ello, la Iglesia está llamada a ser aliada de las familias y de las instituciones educativas en la tarea de sembrar valores que orienten la vida de las nuevas generaciones.
Desde nuestras parroquias, escuelas católicas y espacios de formación, podemos y debemos contribuir con esta misión. Acompañando a los jóvenes en su crecimiento, promoviendo el diálogo entre fe y razón, fortaleciendo la enseñanza de valores universales que den sentido a sus vidas y los ayuden a afrontar con madurez los desafíos del presente y del futuro.
La educación integral no es solo tarea de las escuelas o de la Iglesia, sino un compromiso de toda la sociedad. Desde los altos mandos del Gobierno de la República, hasta los padres de familia, docentes, medios de comunicación, líderes comunitarios y cada uno de nosotros, tenemos la responsabilidad de ser testigos de los valores que queremos transmitir. No podemos pedir a las nuevas generaciones que vivan con honestidad, justicia, respeto y amor si nosotros mismos no damos ejemplo de ello.
En este nuevo año lectivo, pidamos al Divino Maestro que bendiga a nuestros estudiantes, educadores y familias. Que nos conceda la sabiduría para guiar a los más jóvenes por el camino del bien y la perseverancia para construir, día a día, una Costa Rica más justa, solidaria, humana y pacífica.