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Catequesis

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo

(VIDEO) Mons. Daniel Blanco


Continuando con las solemnidades que nos presenta el Año Litúrgico al reiniciar el Tiempo Ordinario, este domingo se celebra en nuestro país, la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Esta fiesta surge en la historia como una necesidad de dar culto público a la Eucaristía, para luchar contra herejías que negaban la presencia real de Jesucristo en el sacramento eucarístico.  Este culto público, que generalmente se realiza en la procesión con el Santísimo Sacramento, posterior a la celebración de la Eucaristía, manifiesta que los católicos profesamos, como parte integral de nuestra fe, que en las especies consagradas del pan y el vino, está presente Cristo, en su cuerpo, sangre, alma y divinidad.

Esta verdad de nuestra fe, queda totalmente respaldada por la Palabra de Dios que se proclama este domingo.  De manera particular en la segunda lectura, cuando San Pablo transmite la Tradición Apostólica sobre la Eucaristía.

El apóstol, en esta enseñanza, hace referencia a tres elementos importantes, que nos ayudan a comprender, valorar y amar la Eucaristía:

·      La Eucaristía es sacramento instituido por Cristo.

San Pablo, en la carta a los Corintios, indica claramente, que el sacramento de la Eucaristía, fue instituido por Cristo, en la última cena.  El apóstol indica que es el mismo Señor, quien dentro de la celebración de la cena pascual y con los elementos del pan ázimo y el cáliz lleno de vino, transforma aquella fiesta, que recordaba la salida de la esclavitud en Egipto, en el sacramento de la nueva alianza.

·      La Eucaristía es presencia real del Señor en las especies consagradas.

Asimismo, indica San Pablo, que en aquella cena, el pan y el vino, son transformados por el Señor, en su cuerpo y en su sangre.  El mismo cuerpo que se entregará, poco después, para ser clavado en la cruz y la sangre que en esa cruz, será derramada por nuestra salvación.  Las palabras de Jesús, son totalmente claras:  Esto es mi cuerpo? esta es mi sangre.

·      La Eucaristía es actualización del sacrificio pascual.

La última enseñanza del apóstol es que cada vez que se come de este pan y se bebe de este cáliz, proclamamos la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Jesús es Sumo y Eterno Sacerdote según el rito de Melquisedec, como nos enseña la carta a los hebreos y ofrece un sacrificio agradable al Padre, como el sacrificio ofrecido por este misterioso rey y sacerdote que nos presentaba la primera lectura.

Con este sacrificio, Cristo sella la Alianza Nueva y Eterna, por medio de la sangre derramada en la cruz.  Cristo, no ofrece la sangre de animales sacrificados, sino que se ofrece Él mismo, y por eso este sacrificio tiene valor redentor y sella una Alianza, que no será necesario repetir nunca; se hizo una vez y para siempre.

Pero Cristo, ha querido que este sacrificio cruento de la cruz, acontecimiento que nos trae la salvación, se actualizara de manera incruenta en cada celebración de la eucaristía.  Porque como nos ha enseñado San Juan Pablo II en su encíclica Ecclesia de Eucharistia «Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes» (EE 11).

Por esto podemos afirmar, como nos recordaba San Juan Pablo II, en la misma encíclica, que la Iglesia vive de la Eucaristía, porque es el sacramento por excelencia del misterio pascual y está en el centro de la vida eclesial (Cfr. EE 3).

De ahí que la razón por la cual nació la festividad del Corpus Christi sigue estando vigente, es necesario profesar públicamente nuestra fe en la Eucaristía, como centro y culmen de la vida cristiana (LG 11), centro y culmen de la vida de la Iglesia.

Esto lo haremos cuando, un día como el de hoy, salimos a las calles de nuestras parroquias en procesión eucarística, para manifestar públicamente nuestra fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, pero lo debemos hacer cada vez que celebramos este sacramento.  Haciéndolo según la enseñanza de la Iglesia, poniendo a Cristo en el centro de la celebración y haciendo cada uno lo que le corresponde según su misión y su carisma.

El texto del evangelio, nos da ejemplo de esto.  La multiplicación de los panes, fue obra de Cristo por excelencia, pero todos los discípulos participaron de una u otra forma, unos aportaron los cinco panes y los dos peces, otros ayudaron a hacer los grupos para que se sentara la multitud, otros distribuyeron el alimento, que el Señor había partido después de la oración.

Nuestras comunidades y asambleas litúrgicas deben tomar este ejemplo:  que en nuestras celebraciones eucarísticas, Cristo sea el centro, a quien acudimos para que nos alimente con su palabra y con su cuerpo y su sangre y así experimentar constantemente el fruto de su redención y en la que todos los bautizados, participemos como verdaderos discípulos, es decir, cumpliendo cada uno con nuestra vocación y haciendo lo que nos corresponde en una verdadera acción comunitaria, en la que servimos a Dios y a los hermanos, y así, juntos hagamos memorial del acontecimiento de nuestra redención.  Porque, como nos ha recordado el papa emérito «Todos, sacerdotes y fieles, nos alimentamos de la misma Eucaristía; todos nos postramos para adorarla, porque en ella está presente nuestro Maestro y Señor, está presente el verdadero Cuerpo de Jesús, Víctima y Sacerdote, salvación del mundo» (03.06.2010).