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Catequesis

¡Qué admirable, Señor es tu poder!,

(VIDEO) Mons. Daniel Blanco, "La Santísima Trinidad" .


¡Qué admirable, Señor es tu poder!, repetimos en el salmo de este domingo.

Este versículo del salmo 8, junto a la totalidad de este hermoso cántico que nos propone la liturgia de la palabra en esta solemnidad de la Santísima Trinidad, nos hace volver la mirada a la creación y confesar nuestra admiración ante la obra realizada por las manos de Dios.

Este Dios creador, es presentado por el libro de los proverbios, como aquel que crea en comunión con la sabiduría, la cual es presentada como una persona que acompaña a Dios al momento de la creación.  La tradición nos ha enseñado que esa sabiduría hecha persona, es el Hijo, o como indicará San Juan en el prólogo de su Evangelio, es el Verbo que estaba desde la eternidad con el Padre y por el que todo fue creado.

Esto, nos permite comprender, en un primer momento, que Dios quiere revelarse, como eterna comunión y no como un ser infinitamente solitario.  Desde siempre, Dios es comunión y crea el universo en comunión y ha estado siempre, desde la eternidad, decidido a estar en comunión, es decir en relación con su creatura y de manera especial con el ser humano.  Y su forma de relacionarse es amando; Dios ama perfectamente en la intimidad de su ser, provocando que la comunión trinitaria haga de tres personas distintas una sola naturaleza; y ama a la creatura humana, regalándonos la redención por medio de la encarnación del Verbo y guiándonos hasta la verdad plena, por medio del Espíritu, como nos enseñaba el evangelio de este domingo.  Por esto San Juan, en una simple frase, nos ha enseñado que Dios es amor, es decir la esencia del Dios Trinitario, es el amor.

Así lo enseñaba el papa Benedicto XVI «Lo podemos intuir, en cierto modo, observando tanto el macro-universo ?nuestra tierra, los planetas, las estrellas, las galaxias? como el micro-universo ?las células, los átomos, las partículas elementales?. En todo lo que existe está grabado, en cierto sentido, el "nombre" de la Santísima Trinidad, porque todo el ser, hasta sus últimas partículas, es ser en relación, y así se trasluce el Dios-relación, se trasluce en última instancia el Amor creador.  Todo proviene del amor, tiende al amor y se mueve impulsado por el amor, naturalmente con grados diversos de conciencia y libertad» (07.06.2009).

Por tanto, celebrar la fiesta de la Santísima Trinidad, es celebrar al Dios que ha querido revelar que su perfección y su omnipotencia radican en su íntima comunión de amor que hace que tres personas distintas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) no tengan diferencia ni distinción, porque el amor los unifica en la singularidad de una sola sustancia como reza el Prefacio de la eucaristía de esta solemnidad.  Y es un amor que se desborda, alcanzando a la humanidad entera, que recibe la totalidad del amor del Dios Trinitario, en el acontecimiento de la Pascua que nos redime.

Pero también, esta celebración nos recuerda el compromiso de la Iglesia de ser imagen de la Trinidad.  El Concilio Vaticano II, ha querido recordar esta verdad que debe caracterizar a la comunidad de los bautizados.  Nos dice la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el mundo actual:  «La Iglesia tiene que hacer presentes y casi visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado, renovándose y purificándose sin cesar, bajo la guía del Espíritu Santo» (GS 21).

Por ende, es compromiso de la Iglesia, hacer casi visible al Dios Trinitario en el mundo.  Los padres conciliares utilizan con humildad la frase casi visible, porque fueron conscientes de que la perfección sólo se encontrará en Dios.

Pero a pesar de nuestra limitación, este compromiso se lleva adelante cuando se vive con profundidad el amor entre los que formamos parte de la Iglesia.  Un amor que no significa que no existan diferencias o que pretendamos ser todos iguales, sino que, a ejemplo de la Trinidad, el amor nos une y nos impulsa, para que cada quien según su vocación y misión, trabaje por el bien común, sirviendo y entregándose con generosidad al hermano, es decir, viviendo un amor, que como el de la Santísima Trinidad, se desborde en todo el género humano y nos vaya haciendo uno para que el mundo crea.