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Arzobispo

Santísima Trinidad, Misterio de Amor

(VIDEO) Mons. José Rafael Quirós Quirós, Arzobispo Metropolitano

La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo esté con todos ustedes (Cf. Ef 4,4-6). Este saludo expresa un anhelo sincero que nos adentra, al mismo tiempo, en el Misterio del Dios vivo y verdadero que se nos ha revelado como  Trinidad. 

En efecto, como pueblo de Dios expresamos nuestra fe en un solo Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Creemos, pues, en Dios Padre, que desde la eternidad engendra al Dios Hijo; creemos en el Dios Hijo, Palabra Eterna, revelación del Padre; creemos en el Dios Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo como Amor infinito. 

Al contemplar, pues, este Misterio de Amor supremo, hemos de sentirnos fuertemente impulsados a glorificar y a agradecer a ese Dios que ha querido hacernos participes de esta Verdad, pero el misterio de la Santísima Trinidad más que ser teorizado y discutido, debe ser vivido pues Dios, en lo más profundo de su intimidad como comunión en el amor. 

Celebrar la solemnidad litúrgica de la Santísima Trinidad, implica para cada uno de nosotros encarnar y reproducir en el mundo ese misterio de amor.  Juan nos enseña acerca de la esencia misma de Dios, al afirmr: "¡Dios es Amor!" (I Jn 4, 8).  Sí, Dios es amor, ?y el que permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él? (I Jn 4,16). 

Vivir en el amor es asimismo vivir en la unidad: Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectamente uno, y el mundo conozca que tú me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí. (Juan 17, 22-23).

En tiempos en los que prevalecen los prejuicios y odios, y se promueven con mucho empeño los intereses individuales debilitando la dimensión comunitaria de la existencia, debemos hacer un alto en el camino para que nuestra sociedad no deje de lado el rumbo común y retome los grandes valores fraternos que nunca pierden actualidad y que en otrora fueron nuestros cimientos. Cuidemos la fragilidad de cada hombre, de cada mujer, de cada niño y de cada anciano, con esa actitud solidaria y atenta, hacemos presente al Dios Amor en nuestras vidas.

 Volvamos la mirada a la Trinidad de amor, que desde la fuerza comunitaria de su intimidad divina nos enseña que el individualismo no nos hace más libres, más iguales, más hermanos. La mera suma de los intereses individuales no es capaz de generar un mundo mejor para toda la humanidad?Pero el individualismo radical es el virus más difícil de vencer. Engaña. Nos hace creer que todo consiste en dar rienda suelta a las propias ambiciones, como si acumulando ambiciones y seguridades individuales pudiéramos construir el bien común.[1]

Todos debemos ser constructores de la cultura de la vida, la cultura de acogida, la cultura del encuentro, especialmente con los frágiles y vulnerables.  Es el Dios Uno y Trino quien nos invita a sentirnos y sabernos hermanos y solidarios, sobre todo con quienes llevan en sus espaldas el peso de la crisis económica y social, los que se han visto abrumados por algún fracaso en su vida, por quienes no cuentan con lo indispensable para una vida digna. 

Solo el amor derrumba los muros que nos separan y nos hace capaces de construir puentes; solo el amor verdadero nos permite fundar una gran familia donde todos podamos sentirnos en casa.  Que ese Amor de Dios que sabe de compasión, generosidad y dignidad reine en nuestros corazones, solamente así podremos mirar con esperanza nuestro futuro.

 

 

 

 

 

[1] Papa Francisco, Fratelli Tutti, n.105