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Obispo Auxiliar

La misericordia se traduce en amor

Mons. Daniel Blanco, VII Domingo del Tiempo Ordinario



Hoy continuamos escuchando el sermón de la llanura, que iniciaba el domingo anterior con las bienaventuranzas, en el cual Jesús nos recordaba que es dichoso aquel que pone toda su vida y su confianza en las manos de Dios y no en las cosas de este mundo.

Continuando con ese llamado, hoy Jesús nos dice que aquellos bienaventurados, es decir, los que han puesto su vida en las manos del Señor, deben ir asumiendo el mismo modo de actuar de Dios, que es compasivo y misericordioso como nos recordaba el salmo y por tanto Jesús nos llama a vivir el amor con la misma intensidad del Padre del cielo.

San Lucas, a quien se le conoce como el evangelista de la misericordia, pone énfasis en afirmar que la perfección y la omnipotencia de Dios radica en que es un padre misericordioso, que sale en búsqueda de la oveja perdida y que recibe con los brazos abiertos al hijo pródigo.  Esa misericordia es la que debe vivir también el cristiano, según nos ha recordado Jesús.

En el texto evangélico, Jesús enfatiza que la misericordia se traduce en amor, un amor que no es sólo recíproco, es decir, amar a los que nos aman, sino que el amor debe alcanzar incluso a aquellos que no nos aman, siguiendo el ejemplo del Padre que es bueno con los malos y los ingratos o el ejemplo del mismo Cristo, el cual desde la cruz perdonó a los que lo crucificaron.

Este es un llamado exigente, incluso podemos decir que es un llamado que va en contra del modo normal de actuar del ser humano, que ante aquellos que le han hecho mal reacciona alejándose, molestándose o incluso buscando algún tipo de venganza.

Dios, por el contrario, nos está exhortando a amar, a perdonar, a no juzgar y a vivir la caridad con los enemigos, como modo concreto de vivir la fe y ser testigo de Cristo.

¿Cómo podremos lograr esto, cuando la reacción humana generalmente es lo contrario?

Este llamado no puede separarse del inicio del sermón de la llanura, es decir de las bienaventuranzas que escuchamos el domingo anterior, porque aquel que ha puesto su vida en las manos de Dios y actúa según su voluntad, va uniendo su vida al Señor y se configura con Él de tal manera que puede ser misericordiosos como el Padre.  Así nos lo ha recordado el papa Francisco:  «Quien escucha a Jesús, quien se esfuerza por seguirlo aunque cueste, se convierte en hijo de Dios y comienza a parecerse realmente al Padre que está en el cielo. Nos volvemos capaces de cosas que nunca hubiéramos pensado que podríamos decir o hacer. Ya no necesitamos ser violentos, con palabras y gestos; nos descubrimos capaces de ternura y bondad; y sentimos que todo esto no viene de nosotros sino de Él» (24.02.2019).

Ejemplo de esto ha sido la forma de actuar de David en la primera lectura, porque él, en vez de actuar como humanamente hubiese sido lo normal, decidió perdonar la vida del rey Saúl, quien lo estaba buscando para matarlo y dejó que fuera Dios según su justicia y su lealtad quien actuara a su favor.  David, quien en ese momento ya había sido ungido por Samuel, actuó no según la justicia humana, sino dejó que el Espíritu del Señor actuara en él.

Por tanto, vivir el amor, con el exigente compromiso de perdonar y ser misericordiosos con los enemigos, sólo es posible cuando poniendo nuestra vida en las manos de Dios, nos vamos configurando con Él, para que sea el impulso de su amor lo que nos haga reaccionar ante aquellos que nos han hecho mal.

Así lo hemos pedido en la oración colecta:  que meditando en los misterios de Dios, él nos impulse a hacer lo que es de su agrado; y lo que a Jesús le agrada es que seamos misericordiosos como el Padre porque este testimonio es lo que dará credibilidad a toda nuestra predicación de la fe cristiana.