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Arzobispo

María, modelo de espera y vida

(VIDEO) Monseñor José Rafael Quirós Quirós, Arzobispo de San José

 

Ya adentrado este tiempo de Adviento, la santísima Virgen María se torna en el punto de referencia más sublime de la espera del Salvador. Ciertamente, aquella doncella humilde de Nazaret, al recibir la respuesta del Ángel: "el Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lucas 1,35) ella, llena de fe y habiendo concebido a Cristo antes en su corazón que, en su seno, dijo: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu Palabra.[1]

María oyó la promesa de Dios y, como toda Palabra venida de Él, la guardó en su corazón: custodia y discierne en su mente la verdad que le ha sido manifestada, Cristo es esa Verdad que impulsa y anima en adelante su existencia plena.

 El compromiso de María con su Hijo en la obra de la salvación se manifiesta desde el momento de la concepción virginal de Cristo hasta su muerte: "La Bienaventurada Virgen avanzó en la peregrinación de la fe y mantuvo fielmente la unión con su Hijo hasta la cruz. Allí, por voluntad de Dios, estuvo de pie, sufrió intensamente con su Hijo y se unió a su sacrificio con corazón de madre que, llena de amor, daba amorosamente su consentimiento a la inmolación de su Hijo como víctima que Ella había engendrado."[2]  

 Al prepararnos para la celebración del misterio del Nacimiento del Hijo de Dios, María esclarece el alcance de la aceptación de este don de Dios para cada uno de nosotros y, por su total adhesión a la voluntad del Padre y a la obra redentora de su Hijo, la Virgen María es para la Iglesia el modelo de  fe más alto.

Por fe, María recibe la palabra del ángel Gabriel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios (cfr. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza a Dios por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cfr. Lc 1, 46-55). Con gozo dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cfr. Lc 2, 6-7), guardando todos los recuerdos en su corazón (cfr. Lc 2, 19.51). Confiada en su esposo José, su fiel custodio, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cfr. Mt 2, 13-15).

 Pero también, con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cfr. Jn 19, 25-27). Con fe, María experimentó la resurrección de Jesús y los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo, recibieron el Espíritu Santo (cfr. Hch 1, 14; 2, 1-4)»[6].

Como vemos, no se trata tan solo de disponer el corazón para el nacimiento de Jesús, ya de por sí, ardua y noble tarea. La gracia divina, que ha irrumpido en el corazón y en la existencia de María, la convierte, en lo sucesivo, en una servidora a tiempo completo. Toda la existencia de la Virgen María está caracterizada por la oración y el recogimiento meditando cada acontecimiento en el silencio de su corazón. 

Ella sabe que tiene una misión que desempeñar en favor de la humanidad y que su historia personal se inserta en la historia de la salvación. Como María, los creyentes tendremos momentos de gozo en el Señor, sin que esto signifique vernos libres del dolor, de la enfermedad, del cansancio del trabajo, del claroscuro de la fe. El "hágase" genuino pronunciado y cumplido por María hasta las últimas consecuencias, demuestra y compromete nuestra fe en el Señor.

Con María, dispongamos toda nuestra vida a la escucha y al cumplimiento de la Palabra de aquel que nos anuncia la vida plena. Esta es la manera como un discípulo de Cristo se prepara para celebrar con mucha alegría y contemplación su nacimiento.

 

 



[1] San Agustín, sermón 215,4.

[2] Lumen Gentium n.58