María peregrina con nosotros

Cada año, miles de costarricenses emprendemos el camino hacia la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles. Algunos recorren pocos kilómetros; otros atraviesan provincias enteras. Unos caminan dando gracias; otros suplican un milagro.
Hay quienes llevan el corazón lleno de esperanza y quienes avanzan con el peso de una cruz que nadie conoce. Sin embargo, todos compartimos una misma certeza: no caminamos solos. María peregrina con nosotros.
La romería no es únicamente un desplazamiento geográfico. Es una experiencia espiritual que recuerda que la vida cristiana es camino.
En ese recorrido, la Virgen no aparece como un destino más, sino como la madre que acompaña a sus hijos hasta Cristo. Cinco rasgos de su peregrinar pueden iluminar nuestra propia marcha:
El primero es que María peregrinó en la fe. El Evangelio la presenta avanzando muchas veces sin comprender plenamente los acontecimientos, pero confiando en la Palabra de Dios. Desde la Anunciación hasta el Calvario, su vida fue un constante acto de confianza. También el romero camina sin tener respuesta para todas sus preguntas. La fe no elimina las incertidumbres; enseña a atravesarlas con la certeza de que Dios nunca abandona.
El segundo rasgo es que María peregrina sirviendo. Apenas recibe el anuncio del ángel, se pone en camino hacia la casa de Isabel. Su primer impulso no fue pensar en sí misma, sino salir al encuentro de quien la necesitaba. La verdadera romería no termina al encontrarnos con la imagen de la Negrita; continúa cuando el peregrino regresa dispuesto a servir más y mejor a su familia, a sus vecinos y a los más vulnerables.
El tercero es que María peregrina en silencio. San Lucas afirma repetidamente que guardaba los acontecimientos en su corazón. En una cultura saturada de ruido, la romería hacia Cartago ofrece la oportunidad de reencontrarse con el silencio interior. Solo quien aprende a escuchar puede descubrir la voz de Dios que muchas veces queda sepultada bajo la prisa y las preocupaciones.
El cuarto rasgo es que María peregrina con los que sufren. Ella conoció la incertidumbre de Belén, el exilio en Egipto y el dolor indescriptible de contemplar la muerte de su Hijo. Por eso comprende como nadie las lágrimas de quienes llegan al santuario llevando una enfermedad, un duelo, una crisis familiar o una angustia que parece no tener salida. La Madre entiende el dolor y lo transforma en esperanza cuando lo pone en manos de Cristo.
Finalmente, María peregrina hacia Jesús. Toda auténtica devoción mariana conduce a su Hijo. Ella nunca ocupa el lugar de Cristo; lo señala. Como en Caná, sigue diciendo a cada peregrino: “Hagan lo que Él les diga”. El verdadero fruto de la romería no consiste solo en haber llegado a la Basílica, sino en regresar con el corazón más dispuesto a vivir el Evangelio.
Cuando los pasos de los fieles comiencen a recorrer los caminos de Costa Rica, convendrá recordar que la distancia más importante no es la que separa nuestra casa de Cartago. Es la que existe entre un corazón cerrado y un corazón disponible para Dios. Esa es la peregrinación que María desea realizar con cada uno de nosotros. Y esa es, también, la única que puede transformar verdaderamente nuestra vida.