Mensaje de Mons Quiros

Jóvenes: nadie piense por ustedes

Nunca había sido tan fácil influir sobre una persona sin que ella lo advirtiera. Cada día miles de algoritmos deciden qué vemos, qué leemos y qué termina ocupando nuestra atención. La publicidad ya no vende solamente productos; vende estilos de vida, emociones e identidades. Los discursos políticos buscan adhesiones inmediatas. Las redes sociales premian la reacción antes que la reflexión.

El Papa León XIV ha subrayado, por ejemplo, que la comunicación digital no se limita a transmitir información, sino que modela la cultura y, con ella, la forma en que las personas perciben la realidad, desean y toman decisiones. En el caso de los jóvenes, esto adquiere un peso decisivo, porque no solo consumen contenidos, sino que están inmersos en un entorno que va configurando sus criterios de verdad, éxito y felicidad.

Pero este fenómeno no es nuevo. Desde las primeras páginas de la Biblia aparece la lucha entre la verdad y el engaño. La serpiente no obligó a Eva; manipuló su percepción de la realidad (Gn 3,1-5). Mezcló verdades con mentiras hasta sembrar la duda. Esa sigue siendo una de las formas más eficaces de manipulación.

Jesús también advirtió a sus discípulos: «Tengan cuidado de que nadie los engañe» (Mt 24,4). No dijo que desconfiaran de todo, sino que aprendieran a discernir. Más adelante insistió: «Cuídense de los falsos profetas» (Mt 7,15), porque no todo lo que parece bueno conduce realmente al bien.

Manipular no consiste solamente en mentir. También consiste en ocultar información, despertar miedos, explotar emociones o presentar una única versión de la realidad para conducir a alguien hacia una conclusión previamente diseñada.

Por eso educar en el discernimiento es mucho más importante que educar en una obediencia ciega. Un joven verdaderamente libre aprende a preguntar. A contrastar la información. A escuchar opiniones distintas. A cambiar de criterio cuando aparecen mejores argumentos. Y, sobre todo, a formar su conciencia a la luz de la verdad.

San Pablo exhortaba a los cristianos: «Examínenlo todo y quédense con lo bueno» (1 Tes 5,21). No les pidió aceptar todo ni rechazar todo, sino aprender a discernir.

 La manipulación puede aparecer en todos los ámbitos: en la política, en la economía, en las ideologías, en los medios de comunicación, en las redes sociales e incluso en ambientes religiosos, cuando alguien sustituye la formación de la conciencia por el control de las personas.

La fe auténtica nunca necesita manipular. Jesús convencía; no imponía. Llamaba; no presionaba. Invitaba; no chantajeaba. Cuando muchos discípulos decidieron abandonarlo, no los retuvo por la fuerza. Incluso preguntó a los Doce: «¿También ustedes quieren marcharse?» (Jn 6,67). Hasta en ese momento respetó profundamente la libertad humana.

Y dijo una frase que conserva toda su fuerza: «La verdad los hará libres» (Jn 8,32).

Una sociedad madura no necesita jóvenes que repitan consignas sin pensar. Necesita jóvenes capaces de discernir. El pensamiento crítico no debilita la fe; la purifica. No debilita la democracia; la fortalece. No rompe la comunión; la hace más auténtica.

Quizá una de las misiones más urgentes de la Iglesia, la familia y la escuela sea enseñar a las nuevas generaciones a reconocer cuándo alguien intenta pensar por ellas. Porque Dios no busca seguidores manipulados. Busca discípulos libres.

Y un joven que ha aprendido a discernir será mucho más difícil de engañar y mucho más capaz de transformar el mundo.