Homilía en la peregrinación arquidiocesana a la Basílica de los Ángeles

Monseñor Daniel Blanco, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José

Cada vez que profesamos la fe, decimos que creemos en la Iglesia y enunciamos las cuatro notas que la identifican: Una, Santa, Católica y Apostólica.
La fiesta litúrgica de Santiago, Apóstol, que estamos celebrando este día 25 de julio, nos hace meditar en la cuarta nota, es decir en la verdad que profesamos al afirmar que la Iglesia es Apostólica.
La Iglesia, su misión y su predicación, tienen como fundamento a Cristo, su mensaje, su doctrina, sus enseñanzas y, principalmente, la verdad del acontecimiento pascual, es decir su pasión, muerte y resurrección.
Toda esta verdad referente a Cristo ha llegado hasta nosotros gracias a aquellos que fueron testigos, en primera persona, de todo lo realizado por el Señor, es decir los apóstoles. Ellos escucharon, de su misma voz, su nombre, cuando los llamó a este ministerio, lo vieron hacer milagros, escucharon sus predicaciones y principalmente fueron testigos del acontecimiento pascual, lo vieron resucitado y fueron enviados a anunciar estas verdades hasta los confines del mundo recibiendo el Espíritu Santo en Pentecostés que los capacitó para cumplir esta misión.
Por esto profesamos que la Iglesia es Apostólica, así lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: La Iglesia es apostólica porque está fundada sobre los apóstoles, y esto en un triple sentido:

Fue y permanece edificada sobre "el fundamento de los Apóstoles" (Ef 2, 20; Hch 21, 14), testigos escogidos y enviados en misión por el mismo Cristo (cf. Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8; Ga 1, l; etc.).

Guarda y transmite, con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza (cf. Hch 2, 42), el buen depósito, las sanas palabras oídas a los Apóstoles (cf. 2 Tm 1, 13-14).

Sigue siendo enseñada, santificada y dirigida por los Apóstoles hasta la vuelta de Cristo gracias a aquellos que les suceden en su ministerio pastoral» (CEC 857).

Esto lo podemos reflexionar aún mejor con la Palabra de Dios que se ha proclamado.
La primera frase de la primera lectura indica lo que estaban haciendo los apóstoles después de Pentecostés: daban testimonio de la resurrección de Jesús con mucho valor y su predicación proclamaba que ellos fueron testigos de cómo Dios resucitó a Jesús, lo exaltó con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la conversión y el perdón de los pecados y culminaba con las palabras de Pedro y los demás afirmando: «Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen».
Este testimonio lo dan seres humanos que fueron instruidos e impulsados por la fuerza del Espíritu que los ha transformado con su fuerza y su gracia, porque como ha dicho Pablo en la segunda lectura el tesoro de la verdad de Jesucristo transmitida por los apóstoles es llevada en vasijas de barro, para que se vea que una fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de los hombres.
El texto evangélico no esconde las limitaciones e imperfecciones de los apóstoles, Santiago a quien hoy celebramos y su hermano Juan, sin comprender aún la grandeza del evangelio predicado por Cristo, piden puestos de privilegio, pensando que el Reino tiene que ver con poder u otras prerrogativas meramente humanas.
Jesús les explica que seguirlo a Él consiste en servir a Dios y a los hermanos, que servimos al Reino de Dios, que es la fuerza del amor de Dios que se ha encarnado y que lo transforma todo en Salvación, cuando nosotros realizamos los mismos gestos de Cristo de servicio y de entrega radical a la humanidad.
Esta enseñanza de Cristo y la fuerza del Espíritu en Pentecostés transforma la vida de los apóstoles y en el caso de Santiago lo hace con tal radicalidad que es el primero en salir lejos a anunciar el evangelio y el primero en rubricar su testimonio con la sangre derramada en manos de los perseguidores que querían hacer callar a la comunidad cristiana naciente.
Pero como ha dicho Tertuliano la sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos, la radicalidad del testimonio de Santiago y de la primera comunidad cristiana hizo que rápidamente creciera el grupo que se adhería a la fe en Jesucristo.
Al celebrar esta fiesta que nos recuerda la apostolicidad de la Iglesia esto debe quedar muy claro: la radicalidad del testimonio es lo que ha permitido por dos mil años que la fe anunciada por los apóstoles siga transmitiéndose.
El Catecismo también nos recuerda que «Toda la Iglesia es apostólica mientras permanezca, a través de los sucesores de San Pedro y de los Apóstoles, en comunión de fe y de vida con su origen. Toda la Iglesia es apostólica en cuanto que ella es "enviada" al mundo entero; todos los miembros de la Iglesia, aunque de diferentes maneras, tienen parte en este envío. "La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado". Se llama "apostolado" a "toda la actividad del Cuerpo Místico" que tiende a "propagar el Reino de Cristo por toda la tierra" (A.A 2)» (CEC 863).
Hoy queda muy claro que la Iglesia nos enseña que la devoción a los santos es una fuerte invitación a imitarlos, hoy la figura de Santiago nos recuerda que todos, por el bautismo y la confirmación, participamos de la apostolicidad de la Iglesia y por tanto estamos llamados a hacer el mismo camino que él ha hecho: un camino de encuentro con Cristo, que me lleve a meditar en sus enseñanzas y a dar paso a una verdadera conversión que me permita dar testimonio radical de Cristo con una vida de entrega y de servicio.
Hemos venido a este Santuario Nacional en el contexto de la novena de la Virgen de los Ángeles, ella también es modelo de la Iglesia Apostólica, porque supo configurar su vida con la de su hijo y va a entregarse totalmente a la acción de Dios en su vida y al servicio del hermano y de la Iglesia naciente; incluso la tradición relata que acompañará la predicación de Santiago en un pilar a la orilla del río Ebro en lo que hoy es Zaragoza en España, animándolo, en un momento de desaliento y desmotivación, a continuar su viaje y su predicación.
Peregrinar hasta este Santuario, al que traemos a los pies de la Negrita nuestras peticiones, promesas y acciones de gracias, debe motivarnos también a imitarla en las virtudes apostólicas de la entrega al hermano, de servicio al que está pasando dificultad y de ser instrumentos en las manos de Dios para que el Reino se instaure, ese Reino, repito, que es la acción amorosa de Dios que todo lo transforma en salvación.
¿Cómo podemos hacerlo?
Podemos hacerlo volviendo cada día la mirada a Cristo, escuchando su Palabra y dejando que el Espíritu Santo transforme nuestro corazón, para que nuestra fe no se quede solo en palabras, sino que se exprese en gestos concretos de servicio, de cercanía con los que sufren, de compromiso con la comunidad y de testimonio valiente del Evangelio.
En una Costa Rica tristemente afectada por la violencia, la criminalidad y la muerte, por la polarización, por la creciente brecha entre ricos y pobres, por la falta de diálogo, por la desconfianza entre quienes somos hermanos, la Iglesia, es decir todos los bautizados, será auténticamente Apostólica si es capaz de iluminar con la luz del Evangelio estas realidades, llamando a una cultura de vida, de paz, de comunión, de solidaridad y de servicio generoso a la sociedad y cada hermano que pasa dificultad.
Como Santiago y como la Virgen María, Nuestra Señora de los Ángeles, estamos llamados a salir de nosotros mismos, a poner nuestros dones al servicio de los demás y a ser, en medio del mundo, signos vivos del amor de Dios que consuela, sostiene y salva, para que con estos signos concretos de apostolicidad sigamos cumpliendo el mandato de anunciar a Cristo hasta su venida gloriosa.