Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
En este mes de las misiones, la Iglesia vuelve a anunciar una esperanza que no pertenece a un solo pueblo ni conoce fronteras: Jesucristo es luz para todas las naciones. No una luz que deslumbra por el poder, sino la que permite ver la vida con verdad y reconocer en cada persona a un hermano.
El Concilio Vaticano II abre Lumen gentium con una afirmación decisiva:
En Él, Dios llama a todos a la comunión y a la unidad.
Esa luz hace visibles también las heridas del mundo: las guerras que expulsan a familias de sus hogares, la pobreza que cierra caminos, la violencia que destruye vidas y la indiferencia que nos acostumbra al sufrimiento ajeno. Cristo no aparta la mirada de esas heridas. Las ilumina y nos enseña a acercarnos a quienes las padecen.
El Evangelio pone en labios de Simeón estas palabras: Cristo será «luz para iluminar a las naciones (Lc 2,32). Y Jesús mismo declara: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). Su luz no es una consigna ni una ideología: es la presencia de Dios que ofrece sentido, perdón y esperanza, y que nos mueve a cuidar la dignidad de cada persona.
Hoy contamos con grandes avances tecnológicos, incluida la inteligencia artificial, pero ningún progreso puede reemplazar la necesidad humana de encontrar sentido, construir fraternidad y mantener viva la esperanza. El mundo necesita a Dios, no para desentenderse de sus problemas, sino para afrontarlos con una mirada capaz de reconocer en quien está a mi lado a un hermano y trabajar por el bien común.
Y, sin embargo, hay una paradoja dolorosa: aunque la luz nos es ofrecida, a veces parece que preferimos caminar en las tinieblas del error, aferrados a la mentira que conviene, al odio que divide y al poder que se impone. El Evangelio lo dice con crudeza: «la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz» (Jn 3,19). Esa elección oscurece la vida de los pueblos y hace más urgente la misión de anunciar a Cristo.
Acojamos con alegría la enseñanza conciliar:
Guiados por Cristo nuestra luz, tenemos la capacidad de ver piedras de tropiezo, ser conscientes del propio pecado y puntos ciegos, lo que le permite quitar semejante oscuridad de nuestra vida al brillar con su luz en nuestro corazón y sobre nuestro camino. La luz de Cristo nos trae la presencia, la protección y la guía de Dios.
La misión consiste en llevar esa luz allí donde la vida se oscurece: anunciar a Cristo con palabras y, sobre todo, con gestos de cercanía, justicia y paz. No se trata de imponer la fe, sino de dar testimonio de una esperanza que se ofrece a todos.
Que en este mes de las misiones sepamos mirar el mundo con los ojos de Cristo. Y que, al iluminar sus heridas, nos dejemos llamar a ser instrumentos de su compasión.




