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XXIX Domingo del Tiempo Ordinario

Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José

En el Evangelio de este domingo escucharemos a Jesús decir las palabras «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios», esta frase, conocida por todos, es pronunciada por Jesús ante una pregunta capciosa que se le realiza y se ha utilizado, en muchas ocasiones, de manera incorrecta.
Al afirmar que ha sido mal utilizada, me refiero a que, algunas personas, se escudan en esta frase para indicar que la vida espiritual y la vida social, son dos realidades que pueden ser separadas y que una no se vincula con la otra.
Pero la totalidad de las lecturas de este domingo nos permite comprender mejor esta frase, que nunca, como ninguna frase de la Palabra de Dios, puede ser sacada de contexto para ser utilizada para defender alguna postura o idea personal.
El profeta Isaías nos habla de un momento histórico muy importante para el pueblo de Israel.  La victoria de Ciro, rey de Persia, contra Babilonia, que permite al Pueblo Elegido salir del exilio y regresar a la Tierra Prometida.
El Señor, por medio del profeta, alaba la figura de Ciro, incluso dándole el título de ungido, palabra que se utilizaba sólo para designar a los reyes de Israel, nunca a un rey pagano.  Pero en medio de todas estas alabanzas, el Señor también deja claro que todo el poder humano que tiene en ese momento Ciro es dado por Él: «te llamé por tu nombre, te di un título de honor y que Él es el único Dios: «Yo soy el Señor y no hay otro, fuera de mí no hay dios».
Esta primera lectura deja claro que ningún poder humano es superior al poder de Dios y que es Dios quien da el poder o permite que una persona ostente el poder.  Por esto obedecemos a Dios antes que a los hombres, especialmente cuando el poder humano busca que nos apartemos de Dios.
La frase de Cristo en el Evangelio nace de una pregunta malintencionada, sobre el pago del impuesto al emperador romano.  Estar de acuerdo con el pago del impuesto haría que fuera considerado traidor al pueblo hebreo que está bajo la dominación del imperio.  Pero decir que estaba en contra del impuesto lo haría enemigo del imperio y habría razón para procesarlo.  Por lo que la intención era dejar en mal a Jesús, como lo afirma claramente el inicio del evangelio.  Pero Él, que es la Sabiduría de Dios, da una respuesta que los deja desconcertados: «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Antes de dar esta famosa respuesta, Jesús pide la moneda con la cual se pagaba el impuesto.  Una moneda que tiene la imagen del César y por tanto pertenece al César.  De ahí nace la respuesta: «dad al César lo que es del César».
Pero la respuesta continúa: «dad a Dios lo que es de Dios».  Por lo que debemos preguntarnos, ¿dónde encontramos la imagen de Dios para darle a Él lo que le corresponde?
La respuesta la encontramos, también en la Sagrada Escritura, cuando en el génesis se nos indica que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios.  Así nos lo recordaba el papa Francisco al decir:

«En la moneda, por lo tanto, está la imagen del emperador, pero Jesús nos recuerda que en nuestra vida está impresa la imagen de Dios, que nada ni nadie puede ensombrecer»

Por tanto, si la moneda que tiene impregnada la imagen del César pertenece al emperador romano; es el ser humano, que tiene la imagen de Dios, quien pertenece a Dios y quien debe ser entregado a Él.  Por tanto, dar a Dios lo que es de Dios es darnos nosotros mismos, tener consciencia de que pertenecemos a Dios y que nuestra vida debe tender siempre a estar con Dios.
Esto significa que todas las dimensiones de nuestra vida deben hacer referencia a Dios y no podemos desvincularlo a Él de ninguna de ellas.  Por esto alguien que tiene consciencia de su íntima relación con Dios, porque somos imagen suya, no puede separar esta realidad de su vida laboral, profesional, académica, social o incluso de una eventual vida política.
La consciencia clara de mi vinculación con Dios no disminuye la capacidad del ser humano a servir en ámbitos públicos, al contrario, lo hace más humano, más capaz de servir al otro con visión de bien común, de solidaridad, de fraternidad y de justicia, porque el otro, como cada ser humano, tiene la misma dignidad, la misma imagen de Dios impregnada en él.
Por esto, «dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» nunca debe utilizarse para separar la vida de fe de mis acciones en el plano social, por el contrario, el cristiano debe influir positivamente la comunidad social, el papa León XIV nos lo ha dicho en su primera encíclica al recordarnos que todo bautizado debe servir al bien común, asumir su vocación en la sociedad, cooperar con los otros, defender a los pobres y a los que sufren, actuar con verdad y espíritu de paz (Cfr. MH 212).
Pidamos por tanto el don del Espíritu Santo, para que, como la comunidad de Tesalónica a la que Pablo dirige la segunda lectura, todas nuestras palabras y acciones, den frutos abundantes, nos unan más a Dios y nos permitan llevar al encuentro con Dios a muchos hermanos, sin importar nuestra vocación o el ámbito laboral en el cual nos desenvolvemos.

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