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María, misionera de la esperanza

Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José

«María no guardó al Señor para sí, sino que lo ofreció al mundo»

Hay en estas palabras una hermosa manera de acercarnos a María durante este mes de las misiones. Ella recibió el don más grande y no lo retuvo. Desde el momento en que acogió la voluntad de Dios, su vida se convirtió en camino hacia los demás.
Así la encontramos en el Evangelio. Apenas recibe el anuncio del ángel, se pone en camino hacia la casa de Isabel. En Belén, Jesús es mostrado a los pastores. En Caná, María descubre una necesidad que otros todavía no han advertido y conduce hacia su Hijo: «Hagan lo que Él les diga». Y en el Calvario permanece junto a Jesús cuando casi todos se han marchado.
María nos enseña que la fe no es algo que recibimos para conservarlo únicamente en la intimidad. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo termina, de alguna manera, llevándolo a otros.
Hoy entendemos que somos llamados a cultivar el espíritu misionero y la misión, no solo recorriendo grandes distancias geográficas, sino tomar en cuenta que hay fronteras que comienzan muy cerca de nosotros: la soledad de una persona, el dolor de una familia, un joven que ha perdido la esperanza, un enfermo que necesita compañía, alguien que se siente excluido o una persona cuya dignidad no está siendo reconocida. Se trata de un corazón lleno del celo misionero, que no mira fronteras porque la necesidad puede estar a nuestro lado, hasta en la propia familia.
María no tuvo respuestas técnicas para cada sufrimiento humano. Pero supo estar. Supo escuchar, acompañar, interceder y, sobre todo, llevar a Jesús. Tal vez nuestra misión pueda comenzar precisamente allí: aprendiendo a estar presentes en la vida de los demás y haciendo visible, con nuestros gestos, la cercanía de Dios. La mejor palabra es la presencia y testimonio de cercanía generosa.
En Lourdes, el papa León XIV dijo a los peregrinos:

«No se irán de Lourdes tal y como llegaron: se marcharán como misioneros de la esperanza» .

Es que nuestra única y definitiva esperanza es el Señor que todo lo transforma por la fuerza misma del amor, siendo Él misma fuente. Nadie puede llevar a otros el Mensaje cristiano, si su corazón está vacío de ese amor.
Lo dicho en Lourdes puede decirse de todo verdadero encuentro con María. Nos acercamos a ella con nuestras preocupaciones, nuestras heridas y nuestras esperanzas, pero no podemos marcharnos igual. Ella nos da ejemplo de disponibilidad y decisión, no podemos quedarnos en simples deseos. Incluso quienes están postrados en su lecho de enfermos, ofreciendo al Señor su dolor y enfermedad por la misión de la Iglesia, están viviendo ese compromiso misionero al que somos llamados todos.
María nos lleva a Cristo y Cristo nos envía al encuentro de los demás; por tanto, sintámonos directamente llamados a vivir esta nuestra vocación, y dejemos de lado tal vez pensar que la misión es una afición de algunos. Nuestra Iglesia es esencialmente misionera. Llevar el anuncio del gozo de haber sido salvados por Cristo, ha de movernos continuamente a edificar esa Iglesia en salida, superando todo estancamiento, que lleva al inmovilismo y envejecimiento.
Vayamos tras los pasos de María que no se guarda al Señor para sí, sino que lo ofrece al mundo. Esa sigue siendo nuestra misión de hoy y de siempre. 

María Reina de las misiones, ruega por nosotros.

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