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XXVII Domingo del Tiempo Ordinario

Mons. Daniel Francisco Blanco Méndez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de San José

Este domingo la Liturgia de la Palabra presenta como imagen común la figura de la viña, la cual es la casa de Israel, como afirma la respuesta del salmo 79 y lo ha indicado con total claridad, tanto la lectura de Isaías como la parábola narrada por Jesús y presentada en el evangelio de San Mateo.
La primera lectura presenta lo que se conoce como el cántico de la viña, el cual muestra al dueño de la viña que se ha dedicado al cuidado de su propiedad, habla de tierra fértil, abonada y cuidada, una tierra a la que se le quitó todo lo que pudiera provocar una mala cosecha.  Lo sembrado era una buena variedad de uvas, una buena cepa; pero, a pesar de todos esos cuidados, el resultado no fue el esperado, dio agraces, es decir unos frutos muy pequeños y muy ácidos que no sirven ni para comer ni para la fabricación del vino.
La primera lectura presenta esta contradicción entre todo el cariño, toda la atención y todo el cuidado que pone el viñador y los malos frutos dados por la viña.  El profeta indica que esos malos frutos son los hombres de Judá que cometieron iniquidad aun siendo receptores de todas las bendiciones de Dios e incluso de ser el pueblo de su preferencia.
La parábola evangélica es similar al cántico de la viña de Isaías, también Jesús presenta al dueño brindando todos los cuidados necesarios e incluso más de los necesarios en su viña, el hecho de que tuviera lagar y torre para el vigilante da a entender el cuidado extra que se puso en aquella viña.
Asimismo, la parábola evangélica manifiesta una incoherencia, en este caso sería entre la bondad, el cuidado y la confianza del dueño de la viña y aquellos que alquilaron la viña, los cuales hicieron daño a los criados e incluso, mataron al hijo.
Jesús indica con total claridad que estos hombres malvados de la parábola son los ancianos y los sumos sacerdotes a quienes está dirigiendo la parábola.  Aquellos que recibieron la confianza, el cuidado, la misericordia de Dios para cuidar y guiar al pueblo de Israel y no fueron capaces de respetar a los profetas e incluso serían los que mandarían a asesinar al Hijo.
Ambas lecturas recuerdan la Historia de la Salvación, en la cual Dios actúa con misericordia, cuidando de sus hijos, mostrando su perdón y dando todo para que el ser humano experimente su amor de Padre que no tiene medida.  Historia en la que este ser humano, aun haciendo experiencia de este amor, da la espalda a Dios y no sabe responder a Su misericordia.
Pero existe una diferencia importante en las dos lecturas proclamadas.  Esta diferencia está en las consecuencias, ya que la primera lectura habla únicamente del abandono de la viña, la cual quedará convertida en un erial, haciendo referencia al exilio de Israel en Babilonia, pero la consecuencia presentada por el Evangelio indica que el dueño de la viña contratará a otros labradores que trabajen en ella y produzcan frutos.
Esta viña es la Iglesia fundada por Cristo, el Concilio Vaticano II, en la Lumen Gentium 6, nos recuerda esto: la Iglesia es la Viña del Señor, incluso así la llamó en varias ocasiones el recordado papa Benedicto XVI.
La Iglesia es el nuevo pueblo, los nuevos trabajadores llamados a producir frutos.  Esto es un gran compromiso para todos los que somos Iglesia, es decir, para todos los que por el bautismo nos integramos al Pueblo de Dios, a la Viña del Señor.
La Iglesia, es decir todos los bautizados, estamos llamados a trabajar en la Viña del Señor y producir frutos.  El papa Benedicto XVI nos enseñaba al respecto: 

«Entre estos "labradores" estamos también nosotros, injertados en Cristo, que quiso convertirse él mismo en la "verdadera vid". Pidamos al Señor, que nos da su sangre, que se nos da a sí mismo en la Eucaristía, que nos ayude a "dar fruto" para la vida eterna y para nuestro tiempo»

Las características de la viña siguen siendo las mismas, Dios la ha protegido, Él da todo lo necesario para trabajar, sigue siendo su campo preferido y la sigue llenando de cuidado y cariño.  Hoy, ese cuidado se manifiesta de muchas formas, pero de manera especial, con la gracia santificante de sus sacramentos, el bautismo que nos hace hijos, le eucaristía que nos alimenta y nos fortalece, la reconciliación y la unción que nos cuida, nos sana, nos muestra su misericordia y perdón.
Ante ese cuidado excepcional de Dios, a nosotros nos corresponde dar fruto abundante, como nos decía el papa Benedicto XVI.  Frutos que son, principalmente, consecuencia del modo en que el Dueño de la Viña nos ha tratado, de su amor perfecto, de su cuidado y de su protección.  Estos frutos deben traducirse en buenas obras, que, en palabras de San Pablo en la segunda lectura, son la justicia, la amabilidad, la verdad, la nobleza, la honradez, la pureza.
Por tanto, hagamos experiencia de los regalos de gracia que el Dueño de la Viña nos ha dejado para que produzcamos buenos frutos.  No dejemos que nada nos aleje del Señor ni de su gracia, acerquémonos a la vida sacramental, de manera especial a la eucaristía, cultivemos la lectura de la Sagrada Escritura, acrecentemos nuestra vida de oración, hagamos obras de caridad y solidaridad y que así, los frutos de nuestra vida sean los esperados por el Dueño de la Viña y conformes a todo lo que Él nos ha regalado.

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