Mons. José Rafael Quirós Quirós, arzobispo metropolitano de San José
La libertad de los pueblos es una de las grandes conquistas de la humanidad. No nos fue entregada sin esfuerzo. Detrás de aquello que hoy consideramos derechos fundamentales existen siglos de pensamiento, luchas, sufrimientos y, muchas veces, vidas entregadas para que otros pudieran vivir sin cadenas.
Cuando las grandes declaraciones de derechos comenzaron a proclamar que todos los seres humanos poseen una dignidad que ningún poder puede conceder ni arrebatar arbitrariamente, se estaba produciendo uno de los grandes cambios de nuestra historia. La persona dejaba de ser considerada súbdita absoluta del poder para ser reconocida como sujeto de derechos.
La libertad de conciencia, la libertad religiosa, la libertad de pensamiento y de expresión, la participación política, la igualdad ante la ley y el derecho a decidir responsablemente sobre la propia existencia son frutos de un largo camino que debemos valorar y proteger. Todo impreso en el corazón de toda persona por el Creador.
La Iglesia misma ha profundizado en la comprensión de esta realidad. La Iglesia nos enseña que el derecho a la libertad está fundado en la dignidad misma de la persona humana y que nadie debe ser obligado a actuar contra su conciencia ni impedido de actuar conforme a ella dentro de los límites debidos.
Sin embargo, después de tantos siglos luchando por conquistar la libertad, quizá haya llegado el momento de hacernos otra pregunta: ¿Qué significa ser verdaderamente libres? Nuestro tiempo identifica fácilmente la libertad con la posibilidad de elegir. Soy libre porque puedo escoger. Soy libre porque puedo decir lo que pienso. Soy libre porque puedo consumir lo que deseo, trasladarme, comunicarme, decidir entre múltiples opciones y organizar mi existencia según mis propias preferencias. Todo ello constituye una dimensión real y valiosa de la libertad. Pero no la agota.
Hace pocas semanas, el papa León XIV afirmó: “Aunque con frecuencia se entiende como la posibilidad de actuar como uno quiera, la libertad auténtica es mucho más profunda”. Y añadió inmediatamente que esa libertad se fundamenta en nuestra capacidad para «conocer la verdad y adherirse a lo que es bueno, incluso a un alto costo».
Esta distinción resulta fundamental. Porque no todo aquello que podemos hacer nos hace más libres. Una persona puede elegir algo que termine esclavizándola. Puede disponer externamente de muchas posibilidades y, sin embargo, haber perdido interiormente el dominio de sí misma.
Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica ofrece una afirmación tan breve como exigente: «Cuanto más se hace el bien, más libre se va haciendo también el hombre» (CIC n.1733).
La libertad, entonces, no consiste únicamente en poder elegir. Consiste también en aprender a elegir bien.
Esta cuestión adquiere una particular importancia en nuestro tiempo. Probablemente ninguna generación haya tenido a su alcance tantas posibilidades de elección como la nuestra. Tenemos acceso inmediato a cantidades inmensas de información. Podemos comunicarnos en segundos con alguien al otro lado del planeta. Elegimos entre miles de productos, contenidos, opiniones y formas de entretenimiento. Y, sin embargo, cabe preguntarnos: ¿Somos por eso más libres?
Ser libre significa, ciertamente, ser libre de la coacción, de la arbitrariedad, de la persecución y de cualquier poder que pretenda violentar injustamente nuestra conciencia o nuestra dignidad.
Aquí aparece una paradoja profundamente cristiana: algunas veces somos más libres cuando renunciamos que cuando poseemos; cuando servimos que cuando nos imponemos; cuando perdonamos que cuando permanecemos atados al resentimiento. Pero existe otra conquista que ninguna Constitución, ningún gobierno y ninguna declaración de derechos puede realizar por nosotros: La conquista de nuestra propia libertad interior.
Hagamos nuestras aquellas palabras del apóstol Pablo: «Para ser libres nos liberó Cristo» (Ga 5,1).




