Hay momentos en la vida en que uno descubre, con claridad total, el inmenso valor de una madre. Rara vez ocurre cuando todo transcurre en calma. Es, más bien, en las horas de la fractura, cuando los hermanos se distancian, las heridas hablan más fuerte que el cariño y el diálogo parece extinguirse, cuando su presencia revela toda su grandeza. La madre se convierte entonces en el último refugio de la unidad familiar. No elige entre unos y otros; lleva a todos en el mismo corazón y lucha incansablemente para que ninguno olvide que, antes de sus diferencias, siguen siendo hijos y, por tanto hermanos.
Quizá por eso la devoción a la Santísima Virgen, bajo la advocación de Nuestra Señora de los Ángeles, conserva tanta fuerza en Costa Rica. En una sociedad donde abundan la confrontación, el insulto y la descalificación, ella continúa ejerciendo un silencioso ministerio de amor y unidad. Ante su mirada maternal se relativizan, al menos por un instante, las diferencias políticas, sociales, económicas e ideológicas. Nadie se acerca a María con el peso de un partido político, una profesión o una condición social. Todos llegan simplemente como peregrinos. Más aún, llegan con la única identidad que verdaderamente importa ante Dios: la de hijos.
Ese es el primer regalo de María: recordarnos que, antes de todo lo que nos diferencia, existe algo que nos une. Somos hijos de un mismo Dios y hermanos entre nosotros. Una madre nunca deja de mirar a sus hijos como una familia, aun cuando ellos hayan olvidado que lo son.
El Evangelio nos ofrece una imagen muy hermosa. Al pie de la cruz (Juan 19,25-27), Jesús entrega María al discípulo y el discípulo a María. No es un gesto privado. Allí, cuando todo parece romperse, nace una nueva familia. Es como si Jesús dijera: cuando el dolor amenace con dispersarlos, tendrán una Madre que los mantenga unidos. Desde entonces, la Iglesia ha visto en María no solo la Madre de Jesús, sino también la Madre de los creyentes, la mujer que reúne a los hijos alrededor de su Hijo.
El segundo regalo de María es el consuelo. Una madre no siempre puede resolver los problemas de sus hijos, pero sí puede impedir que los enfrenten solos. Hay un consuelo que nace simplemente de saberse comprendido. Miles de romeros llegan ante la Negrita con cargas muy distintas, pero casi todos regresan con la misma paz: la de haber depositado su corazón en manos de la Madre.
Y hay un tercer regalo, quizá el más necesario para nuestro tiempo: María nos enseña a reconciliarnos. No porque elimine las diferencias, sino porque nos recuerda que ninguna diferencia debería ser más fuerte que el vínculo que nos hace hermanos. Una familia puede pensar distinto y, aun así, seguir sentándose a la misma mesa. Un país también.
Plenamente convencidos del amor de María Santísima, les invito a que no busquemos solamente un milagro personal. Vamos a la casa de la Madre para interiorizar quiénes somos. Y cuando una madre logra que sus hijos vuelvan a mirarse como hermanos, ya ha comenzado el milagro que más necesita una nación. Ante todo necesitamos sanar nuestros corazones llenándolos de auténtico amor.




