Como sociedad, vivimos tiempos de profundas fracturas. La conversación pública se ha endurecido; el desacuerdo se convierte con facilidad en descalificación; las redes sociales amplifican el insulto y la sospecha; la política, la ideología e incluso algunas diferencias cotidianas parecen levantar muros entre personas que antes podían dialogar. En medio de este clima, las celebraciones en honor a Nuestra Señora de los Ángeles nos recuerdan una verdad sencilla: en la casa de la Madre todos tenemos un lugar.
Quizá uno de los signos más hermosos del Santuario Nacional es que nadie pregunta de dónde viene el peregrino, cuánto dinero tiene, cuál es su profesión o qué heridas carga en su historia. Frente a la imagen de la Negrita desaparecen, por un momento, muchas de las etiquetas con las que solemos clasificarnos. Todos somos simplemente hijos necesitados de la madre.
María no reúne a personas idénticas; reúne a personas amadas. Esa diferencia es decisiva. La unidad cristiana no nace de pensar exactamente igual en todo, sino de descubrir que compartimos una misma dignidad y un mismo destino en Cristo. Por eso, la Basílica de los Ángeles se convierte cada año en uno de los pocos lugares del país donde un campesino reza junto a un empresario, un joven junto a un anciano, un creyente fervoroso junto a quien apenas se atreve a orar después de muchos años. Todos encuentran espacio bajo el mismo manto.
Ser acogido por María significa, en primer lugar, descubrir que nadie está excluido del amor de Dios. La Virgen recibe al que llega con gratitud y también al que llega con culpa; al que viene con la fe fortalecida y al que apenas conserva una pequeña esperanza. Su acogida no depende de nuestros méritos, sino de su maternidad. Como madre, comienza abrazando antes de corregir y escucha antes de juzgar.
En segundo lugar, ser acogido por María nos enseña a acoger a los demás. No tendría sentido recorrer kilómetros para experimentar el calor de la Madre si, al regresar a casa, seguimos alimentando el desprecio, la indiferencia o el lenguaje que hiere. La visita a la casa de la Madre alcanza su plenitud cuando aprendemos a mirar a quienes piensan distinto no como enemigos, sino como hermanos con los que compartimos la misma patria y la misma condición humana.
Finalmente, ser acogido por María nos devuelve el sentido de pertenencia. En una sociedad donde muchas personas experimentan soledad, rechazo o la sensación de no tener un lugar, María proclama, silenciosamente, que existe una casa donde siempre somos esperados. Allí nadie es un extraño. Allí cada historia encuentra escucha, cada lágrima encuentra consuelo y cada esperanza encuentra un espacio para ser presentada a Dios.
Nuestra amada Costa Rica necesita redescubrir esta dimensión. Si María es verdaderamente nuestra Madre, entonces la casa de la Negrita también nos recuerda que el otro nunca deja de ser un hermano. Y quizás ese sea uno de los milagros más urgentes que nuestro país necesita.

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