XVII Domingo del Tiempo Ordinario

Desde hace tres semanas el evangelio de San Mateo nos ha presentado la tercera gran predicación de Cristo conocida como el Discurso en parábolas, en el cual Jesús narra distintas parábolas sobre el Reino.
Jesús ha manifestado, con estas parábolas, que el Reino es acogido de distintas maneras, según el corazón de cada ser humano (parábola del sembrador), que ese Reino se desarrolla entre el bien y el mal (parábola del trigo y la cizaña) y que ese Reino se caracteriza por la forma misteriosa en que Dios actúa, porque en medio de las situaciones difíciles, este Reino, con el aporte, aunque sea pequeño del ser humano, es fermento y da vida al mundo (parábolas de la levadura y la semilla de mostaza).
Este domingo, en las últimas parábolas de este discurso, Jesús indica que aquel que logra descubrir la grandeza de ese Reino, será capaz de desprenderse de todo, incluso de lo que pareciera más valioso a los ojos humanos, para quedarse con las riquezas que solamente se pueden encontrar en Dios.
La Liturgia de Palabra, nos presenta, junto a este texto evangélico, el pasaje del Primer libro de los Reyes, en el cual Salomón, consciente de su pequeñez, ante la grandeza de su misión como rey de Israel, no pide los poderes humanos que un soberano buscaría conseguir como lo serían riquezas, conquistas, poder económico y militar sino que pide sabiduría para poder llevar adelante su reinado según la voluntad de Dios, discerniendo entre el bien y el mal y siendo un gobernante justo, siendo consciente que ha sido puesto en el trono de Israel para ser servidor de Dios y del pueblo elegido.
La súplica que hace Salomón al Señor, al pedir sabiduría para gobernar Israel, nos recuerda qué es lo que debe ser realmente importante para todo ser humano y esto es precisamente lo que Jesús, con las parábolas del evangelio de este domingo nos quiere hoy enseñar.
Los personajes de las parábolas, ante elementos de gran riqueza, fueron capaces de dejar todo lo que antes tenían para adquirir el campo con el tesoro escondido o para comprar la perla preciosa.  Porque aquello que se ha encontrado es más valioso que todo lo que anteriormente se poseía.
Porque el Reino, nos explicaba el papa Francisco, «… es lo contrario de las cosas superfluas que ofrece el mundo, es lo contrario de una vida banal: es un tesoro que renueva la vida todos los días y la expande hacia horizontes más amplios» (26.07.2020).
Por esto, quien descubre el Reino, es decir, quien descubre la presencia y la acción de Dios en el mundo que con su amor todo lo renueva, descubre que todo lo que tiene y todo lo que ha tenido no se compara con lo que Dios nos da, que absolutamente nada puede darnos la felicidad que encontramos en el Señor, que nada ni nadie puede satisfacernos en plenitud, sino sólo Dios, su amor y su misericordia.  Por eso deshacerse de todo para poder adquirir lo que el Reino nos da, no causa tristeza, ni sufrimiento, al contrario, llena el corazón de la plena y auténtica alegría, la que da encontrar a Cristo, el verdadero tesoro, la perla invaluable.  Abandonarlo todo para poseer el Reino de Dios, es lo que dará plenitud a nuestra vida.
Nos decía San Pablo en la Segunda Lectura, que a los que aman a Dios todo les sirve para el bienEl apóstol puede decir eso, precisamente porque él ha hecho esa experiencia, para él su todo es Cristo, su vida es Cristo, incluso llegará a decir que, por su amor lo he perdido todo, y todo lo tengo por basura, para ganar a Cristo (Flp. 3, 8).
San Pablo sufrirá mucho, pasará persecución, cárcel, enfermedades, naufragios, pero puede decir todo me sirve para el bienSu tesoro es Cristo, su alegría es Cristo, lo ha dejado todo para quedarse con lo que realmente llenó su corazón.  Todo lo vivido tiene sentido porque se ha quedado con las riquezas del Reino.
La palabra de este domingo es un llamado al compromiso cristiano de optar por el Reino.  Es decir, optar por Cristo y ser capaces de encontrar en Él la verdadera felicidad, nos recordaba también el papa Francisco «La perla es Jesús: Él es la perla preciosa de la vida, que hay que buscar, encontrar y hacer propia. Merece la pena invertirlo todo en Él, porque, cuando uno encuentra a Cristo, la vida cambia. Si te encuentras con Cristo, te cambia la vida» (30.07.2023).
El ser humano, busca constantemente la felicidad y esa felicidad se ofrece en el mundo, de múltiples formas (poder, placer, tener).  Pero todas estas formas que se ofrecen como felicidad, o muchas veces no se alcanzan, o si se alcanzan siempre serán pasajeras y por tanto la felicidad no será plena.
Por eso, este domingo, pedimos al Señor el don de la sabiduría, como lo hizo Salomón, para encontrar la auténtica felicidad, ese tesoro invaluable por lo que seríamos capaces de dejarlo todo, porque sabemos que nunca, nada ni nadie podrá arrebatárnoslo.  Esa felicidad es Cristo, su Reino de paz, de justicia, de solidaridad, de amor.  Es la perla preciosa que llena el corazón a plenitud, porque Él, como hemos pedido en la oración colecta, multiplica sobre nosotros su misericordia, para que así, también nosotros seamos colaboradores en la instauración de su Reino en medio del mundo y de nuestros hermanos.